12 de junio de 1985

Han pasado treinta y cinco años de la fecha que inicia el artículo. Estamos viviendo tres meses con especial preocupación,  la segunda gran pandemia de una enfermedad infecciosa del siglo XXI, después de la pandemia de la gripe en 2009. A diario nos invaden análisis de nuevos casos, nuevas muertes, nuevas medidas intentando contener la propagación del virus, curvas exponenciales de crecimiento en el número de casos y de cierre de locales, comercios así como decrecimiento de nuestra economía.

        Esta crisis nos indica las prioridades del día después: no jugar con el sistema de salud; un país fuerte es el que tiene una sanidad pública y eficiente para todos. Hay que proteger el empleo. Y ayudar a las empresas. Habrá que hacer balance de los destrozos provocados por la revolución neoliberal, de los que ya sabemos mucho (del clima a la precariedad pasando por la fabulación meritocrática) y que el Gobierno de izquierdas tiene la obligación de afrontar, sin melancolía y con realismo. Y habrá que defender la democracia, porque el episodio del coronavirus podría haber reforzado la capacidad de seducción del autoritarismo ante el miedo. China ya está cantando victoria.

         Una vez España firmó el 12 de Junio de 1985 el Tratado de Adhesión a (la entonces nominada) Comunidad Europea, se sumó en una Europa que iba a más, que se integraba en lo político y en lo económico, forjando, como prometían los preámbulos  de sus tratados, una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa. Esa Europa era ambiciosa tanto hacia dentro como hacia fuera. Fomentaba la convergencia entre el Norte y el Sur; promovia la cohesión social, pero también tenía ambición exterior y quería jugar un papel relevante en el mundo. En poco más de una década desde la incorporación de España, aquella pequeña Europa de nueve miembros a quien la España democrática dirigió su solicitud de adhesión se estaba dotando de una moneda única y, tras superar con éxito la reunificación de Alemania, planeando más que duplicar su número de miembros.

         No fue casualidad que los mejores años de la historia de España, los “treinta gloriosos” que el resto de Europa ya habia disfrutado coincidiendo con el inicio del proyecto de integración en la década de los cincuenta del siglo pasado, hayan coincidido con este proceso de europeización que se inició en 1977 con la solicitud de adhesión. El proyecto europeo y el proyecto nacional no eran sino dos caras de la misma moneda, imposibles de separar, la política europea y la política nacional fluían al unísono con absoluta naturalidad. España encajó en aquella Europa que se integraba a toda velocidad. En ella encontró un vehículo perfecto para completar un proceso de modernización política, económica y social en demasiadas ocasiones pasadas truncado. España a la vez de dejarse llevar por modernización, pudo liderar políticas europeas como la cohesión o la ciudadanía. Con total confianza en sí misma.

         En el periodo 1984-1985 el Sr. Reagan y Sra. Thatcher y su neoliberalismo marcaron a fuego los últimos treinta años en el mundo, los de la globalización y la caída del Muro, pero sobre todo los de un largo conjunto de burbujas que fueron explotando pero a la vez preparando el terreno para acabar hinchando la mayor de todas las burbujas. La que derivó  en la Gran Recesión, de la que no se termina de salir.

         Europa no escapó a esos sobresaltos. Por ejemplo el crash 1987; el final de la “serpiente” del Sistema Monetario Europeo; la profunda recesión española post Juegos Olímpicos 1992. Enron y el largo conjunto de escándalos  a principios de la pasada década dejaron cicatrices, pero solo fueron un intento de antesala. Era el anuncio del principio que estaba por venir con la “brújula” de Lehman Brothers. Frente a la policrisis actual, Europa entró en ese periodo,- teniendo a mediados los ochenta – continuando durante años como una suerte de “ciudad en la colina” a juicio del analista estadounidense Jeremy Rifkin, disputando el liderazgo a EEUU con el orgullo de ser una especie de faro para el resto del mundo, como un ejemplo sobre como reconciliar  a viejos enemigos tras siglos de guerras. Como una suerte de modelo de capitalismo capaz de incluir la justicia social con ese delicado artefacto que es “Estado de Bienestar”. Una especie de matrimonio entre liberalismo y socialdemocracia.

         La Unión quería ser una “potencia normativa”, y con ese “poder blando” prometía liderar el Siglo XXI. ¿Por qué Europa liderará el siglo XXI? Ni siquiera las cabezas más lúcidas son capaces de anticipar la creatividad de la historia: en estas llegó la Gran Recesión, que ha dejado muy tocado el prestigio del continente, que ha enseñado sus costuras, que ha convertido la ola del eurooptimismo en un eurodesencanto rampante. Con una crisis  existencial en las que han surgido líneas de falla Norte-Sur.

         Europa es rica y poderosa: lleva al menos medio milenio siéndolo. La Unión lo tiene difícil porque su genética – 28 países, tantas y tantas lenguas- es controvertida y sus dudas sobre sí misma cada vez mayores. Pero los números cantan: Europa ha rivalizado con Estados Unidos como primera potencia económica, es la segunda potencia comercial, el primer donante en ayuda al desarrollo y una gran potencia militar. Aunque todo ese poder esté fragmentado y las más de las veces sea ineficaz.

         Europa a pesar de la crisis, no ha dejado de incorporar socios. El proyecto sigue en pie, ha mostrado una resistencia sensacional y pese a los titubeos no ha dejado de dar pasos en la dirección correcta en medio del peor huracán económico de los últimos 80 años. La famosa máxima de Jean Monnet (Europa se forjará en las crisis), suena demasiado a condena. Europa no puede permitirse el lujo de seguir siendo una historia de simple supervivencia, con cada vez más desafección en un continente cada vez más desigual, con un ejército de parados (23 millones). Y más pendiente de las sacrosantas normas que de resolver los verdaderos problemas. Pero parece dispuesta a esperar a la próxima crisis para empezar a dar los pasos que se necesita dar imperiosamente.

         El proyecto europeo es consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Fría. Nace justo después de los acuerdos de Bretton Woods, que proporcionaron a la economía mundial 25 años de tranquilidad y pusieron los fundamentos de la supremacía del dólar.

         La Comunidad Europea del Carbón y del Acero, el Tratado de Roma, Tras los primeros pasos, enseguida señalo la necesidad de tener una moneda propia. Los primeros planes formales de la Comisión Europea datan de 1962. El camino elegido fue siempre la unión monetaria como atajo hacia la unión política. En los setenta hubo un primer experimento, la serpiente monetaria, a la que siguió el Sistema Monetario Europeo con Giscard d´Estaing y Helmut Schmidt, en 1979, inmediatamente después de la crisis del petróleo: ya entonces Francia trataba de equilibrar políticamente (con dudoso éxito) un desequilibrio económico en favor de Alemania que conducía a devaluaciones constantes en el Sur, en lo que hoy se conoce como la periferia de Europa.

         La segunda mitad de la década de los ochenta fue una época dorada para el europeísmo. La entrada de España supuso un soplo de aire fresco; un país grande y profundamente europeista con ganas de sumar. El inolvidable Jacques Delors capitaneaba por aquel entonces la Comisión y emitió un informe fundamental para la puesta en marcha de la Unión Económica y Monetaria. El Tratado de Maastricht se negoció en 18 meses y suponía la creación del Banco Central Europeo y el primer paso en firme hacia el €uro, a pesar de las advertencias de Londres y Washington, pese a los avisos de la academia en forma de la “teoría de las áreas monetarias óptimas”. Todo ello de la mano de una sensacional liberalización  del movimiento de bienes y capitales, con el Acta Única Europea de 1986. Evidentemente, Europa no era un area monetaria óptima: el €uro y la UE son un proyecto político más que cualquier otra cosa, llenos de agujeros aun por rellenar. El BCE y Maastricht taparon muchos de esos agujeros, pero no todos: la prueba de que los cimientos no eran sólidos se ha visto con todo lujo de detalles durante la Gran Recesión.      

         Las dos décadas de éxito  que siguen a 1985  acabaron abruptamente y llegó a temerse por la supervivencia de €uro. Ya muy cerca de 2015, aun tentativamente cuesta escribir, que no va haber desintegración: no habrá implosión del €uro, a la vista de que incluso los más maltratados por él quieres seguir dentro a toda costa. Pero la UE y €uro no son ya el proyecto emocionante y ambicioso que llegaron a ser.

         Lo increíble por perverso, es francamente grave: La convergencia económica de los últimos años se desvanece. Han reaparecido las brechas, los clichés, un cierto repliegue nacional y a veces nacionalista. La UE sigue sin responder al drama existencial de qué demonios quiere ser de mayor: sigue sin saber cómo se cede soberanía, para arreglar los defectos de la €urozona y encarar la próxima crisis, que la habrá, con más empaque. No se sabe por dónde van a ir los tiros, pero es tan difícil vaticinar que vienen tiempos difíciles, con una Alemania dominada por el “complejo psicológico postbélico” Imponiendo una especie  de “moralismo kantiano desquiciado”. Una Francia desaparecida y una €urozona a la que aún le quedan años de Gran Recesión

         El €uro quiso ser una alternativa al dólar, pero por sus rigideces aparenta más a un patrón oro sin prestigio. En Diálogos sobre Europa, los países atados al €uro solo pueden aumentar su competitividad con devaluaciones internas. No es seguro que baste con eso: las devaluaciones internas solo funcionan si se acompañan de reestructuraciones de deuda, algo que solo tiene visos de suceder en Grecia, aun teniendo en cuenta el empacho de endeudamiento general.

En lo púramente económico, los analistas no son precisamente optimistas. El Profesor de la London School Paul De Grauwe apunta: “Esta es una crisis autoinfligída: es fruto de las políticas equivocadas”, es una crisis financiera y de deuda, una crisis de inversión y de deuda, una crisis de inversión y una crisis de la demanda.

Europa empezó a dar pasos en la buena dirección con el plan Juncker de inversión o el cambio de sesgo en la política fiscal de Bruselas, “pero para dar un paso más decidido, debería de desembarazarse de los mantras y los mitos, sobre todo a Alemania, y eso no va a resultar sencillo”, sostiene el Profesor en London School Paul De Grauwe, que amplia, “No sé si los gestores de la política económica se dan cuenta de que si la divergencia económica se convierte en la nueva modalidad, acabarán llegando los problemas políticos que ya han empezado a asomar. Todas las grandes crisis económicas, y esta lo es, acaban convertidas en crisis políticas”.      

Jffernandez_29@yahoo.es                         

Category: La Opinión