Tras el inicial periplo de asueto vacacional, del que uno vuelve con mejor aspecto y más relajado que de costumbre, retomo con renovados bríos lingüísticos la pluma táctil de manera templada y sosegada, tomando perpleja nota de que, según recientes estudios, los jóvenes españoles tardan ahora seis años más que antes en ingresar oficialmente en el mundo de los mayores.

La evolución –o involución- social y la manoseada crisis económica han generado distintos fenómenos dignos de análisis bajo la lupa demográfica y sociológica. Antaño, y mayormente en el ámbito rural, un joven se hacía hombre bien al venir de la mili, donde se decía que a uno lo desasnaban, o bien tras su primera visita al lupanar. Si coincidían ambos hitos, miel sobre hojuelas y uno ya era oficiosamente un hombre de pelo en pecho y de vigorosa nuez en la garganta.

La transición entre la adolescencia y la edad adulta se demora y en la actualidad se tardan seis años más en abandonar el hogar paterno, en el que se permanece a la sopa boba o en la cesta del pan, se precisan seis años más para formar una familia propia y necesitamos seis años más para encontrar un trabajo que nos aporte la ansiada independencia económica, siendo en España según vemos el seis nuestro guarismo clave.

Tal alargamiento del reloj biológico y social acarrea lógicos problemas de ajuste y se predica que en base a ello el colectivo juvenil no estará preparado para afrontar periodos de crisis, puesto que bajo el manto paterno nunca las ha vivido. Así, ante supuestos tan desgraciadamente habituales como el divorcio o la pérdida del empleo, los jóvenes vuelven sin remisión al búnker familiar.

“Aquel que malgaste su tiempo comprobará más tarde que es el tiempo el que lo malgasta a él”, afirmaba Shakespeare, no en vano es nuestro recurso más preciado y más perecedero. No hay que ser Manuel Castells para advertir que retrasar la edad adulta implica necesariamente retrasar la capacidad de asumir responsabilidades. Curiosa generación inánime que representa el contrapunto absoluto a la de sus padres, que gracias a la guerra y a la posguerra tuvo que madurar deprisa y corriendo.

Otros factores, aparte del económico, influyen en el asunto como los geográficos o culturales. Para que se hagan una idea, en los países nórdicos que un hijo de veintisiete años todavía permanezca bajo el nido familiar es algo con tintes patológicos e incluso se fomenta con apoyo económico la patada en el culo a los vástagos, es decir, una invitación financiada a marcharse, a diferencia de España donde, junto al hecho de que en ocasiones incluso superamos con creces esa nórdica edad, no existe hoy día más sustento que el familiar, a falta de eficaces políticas de empleo, vivienda y de emancipación que faciliten dicho tránsito, a veces angustioso para ambas partes implicadas.

No conviene confundir emancipado con amancebado, que es cosa bien distinta aunque en ocasiones compatible. En todas partes cuecen habas y en Estados Unidos cuecen maíz cuando se habla de independizarse. El estereotipado american way of life ha sufrido cambios y ahora se habla de una nueva tipología social, la de los adultos emergentes, población situada entre los veinte y los cuarenta años que no son ni jóvenes ni adultos, es decir, un híbrido entre un joven atontado y un señor que peina sus primeras canas –un engendro, vamos- y que no pasa de una categoría a otra debido a su continuo mirarse el ombligo y reflexionar estérilmente sobre sí mismo.

Tener en casa a un cebollo es ciertamente engorroso y molesto, daña la vista y hasta desentona en el mobiliario familiar. Está fuera de tiempo y de lugar. Los jóvenes de hoy, anclados en cierto inmovilismo, viven “una soledad que es penosa en la juventud pero deliciosa en los años de madurez”, como dijo Albert Einstein. No parece nada recomendable que una cosa dure más de lo necesario, por lo que resulta pernicioso alargar artificialmente la adolescencia que, como todo en la vida, tiene su tiempo.

Incluso el aburrimiento.

Alargar el tiempo

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