Aprender del revés es más efectivo que hacerlo del derecho, quizá porque a algunos, cortos de entendederas, haya que explicarles las cosas del reverso porque del anverso no las entienden y patinan. Una revolucionaria y relativamente novedosa metodología didáctica difiere de la tradicional y aboga por aprender la teoría en casa y realizar proyectos en clase.

El artífice de dicho experimento, elegido mejor profesor de matemáticas y ciencias en EEUU en el año 2.002, abandonó el tradicional y tedioso discurso docente -es decir, hablar sin parar mientras el alumnado con semblante bovino se enmusaraña-, debido a que hasta él mismo se aburría, lo que me recuerda al plomazo del Profesor Hastings en Barrio Sésamo, también conocido como Profesor Siesta, quien se adormecía por su propia explicación plúmbea y soporífera.

A fin de evitar tan dulce letargo y que el hastío contagie masivamente a la clase, el susodicho profesor ideó algo tan sencillo como elemental: dar la vuelta a la tortilla e invertir el desarrollo de la clase y desde 2.007 en su aula de Colorado ningún alumno se pone de tal color cuando se le pregunta algo.

Al revés te lo explico para que me entiendas, parece predicar el metodista profesor. La receta del aparente éxito, que ya está siendo exportado, radica en obligar al alumno a trabajarse la teoría en casa, a través de una serie de vídeos cortos, y a dedicar el tiempo de la clase a resolver dudas, investigar o trabajar en proyectos.

Los primeros ratios son ciertamente esperanzadores puesto que con el flipped classroom los estudiantes son más activos y participativos en clase, los profesores están más motivados y ninguno de los alumnos se queda atrás, con lo que desaparecerán el último de la fila y el grupito de amasapanes que suelen rodearlo. Y es que ahora ser el más tonto de la clase, con la nueva fórmula de aprendizaje, se convierte en algo realmente meritorio.

Dime y lo olvido. Enséñame y lo recuerdo. Involúcrame y lo aprendo”, afirmaba ya Benjamín Franklin, con lo que no podemos calificar de novedoso el incipiente método. Con el sistema tradicional, las dudas y razonamientos se vienen haciendo en casa y, claro está, no todos pueden presumir de tener un padre ingeniero y una madre cirujana. El alumno, sin la presencia física del profesor en el hogar, es un cúmulo de dudas y desarrolla menos que un pepino atado a una reja cuando el acervo cultural de los padres es inferior al del propio hijo.

El método pedagógico ha sido definido grandilocuentemente como “una apuesta por la personalización y una cruzada contra la estandarización”, si bien no parece mala praxis aquella que, constatando que algo no funciona, se atreve a darle la vuelta o a hacer lo contrario, lo que debería aplicarse en otros órdenes de la vida.

Desde la década de los setenta, se ha venido considerando un error dedicar la clase a atender la lección como un autómata y dejar para casa el trabajo creativo, sin nadie que tutele nuestras elucubraciones. El profesor no puede convertirse en un miembro más del Club de la Comedia y soltarle un monólogo al alumnado, ávido de otro tipo de inquietudes menos teóricas. Esto genera alumnos pasivos y se evita la interactividad entre las partes –peer instruction-.

Mientras que en España la materia educativa sigue siendo arma arrojadiza electoral y pasto normativo de la alternancia política, con reformas y contrarreformas, otros países más inquietos y preocupados por no soltar a la calle con un título al rebaño digital –en palabras del filósofo José Antonio Marina- ahondan en las causas del fracaso educativo y proponen innovaciones pedagógicas y nuevas metodologías. Cualquier iniciativa debe partir, siempre, de colocarse paralela y no por detrás al ritmo de la sociedad, y esto también es extrapolable a otras muchas materias, no sólo a la educativa.

Varias encuestas realizadas han concluido que este método invertido permite elegir el tipo de material que más se ajusta a la forma de aprender del alumno y el poder trabajar a su ritmo. Junto a ello, resulta innegable que se fomenta el pensamiento crítico, lo que aleja a la juventud de creer únicamente en lo que el sistema pretende que crean. Enseñar cómo y no en qué pensar.

El nuevo learning conlleva el adiós a la máster class y a aquello tan inofensivo de que “la letra, con sangre entra”. El profesor ya no permanecerá impasible en el encerado lanzando libelos sino que ahora circulará por la clase, con las manos atrás, poniendo a trabajar a los jóvenes sobre la base de lo previamente visionado en casa, de lo que extraerán notas, incentivando así el debate y la creación a la vez que resuelve dudas y actúa de cicerone. La hora de clase pasa de ser un soliloquio docente a un bombardeo de preguntas inquietas hasta que suene la campana.

Y se lo dice uno que conoció “el cuarto de los ratones”, por alborotar precisamente en clase ante la monótona diatriba docente. Pero eran otros tiempos.

Clase invertida

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