Siempre nos hemos preguntado quién observa al observador, quién controla al controlador o quién evalúa al evaluador. En materia educativa, ya tenemos respuesta. El filósofo y pedagogo José Antonio Marina, encargado de elaborar el Libro Blanco de la Profesión Docente, ha desempolvado el asunto, que llevaba treinta años momificado, y propone precisamente evaluar al profesorado, que es el que, parodójicamente, se encarga de medir al alumnado. A partir de ahora, quién sabe si no sólo obtendrá el célebre “rosco” el más tonto de la clase sino también algún que otro profesor.

Recuerdo con pavor a un vetusto maestro al que apodaban “Atila”, porque era el rey de los hunos, no tanto por su porte guerrero sino más bien porque esa era su puntuación predilecta con el alumnado.

Entre otras novedades, y adoptando lo que a todas luces es implementar criterios empresariales en la administración educativa, el Libro Blanco plantea supeditar el salario del profesor a sus resultados. Según esta máxima, el célebre Maestro Liendre –de todo sabe, de nada entiende– no pasaría del salario mínimo. El incentivo crematístico siempre ha sido un puntal del mundo empresarial y si nadie lo evita, pasará a formar parte del régimen retributivo docente, con el consabido peligro que entraña la dádiva como modo habitual y perverso de premiar lealtades.

Cierto es que un buen profesor no debiera cobrar igual que uno más borde que la grama, con lo que a un mes vista de las próximas elecciones generales, se barrunta el agrio debate educativo, materia que ha sufrido más reformas que el Hotel Palestina, y que está sujeta al continuo influjo legislativo fruto de la alternancia electoral, con los estragos y el lógico despiste programático que conlleva tanto en el profesorado como en el alumnado.

Marina ha decidido que no se libre de la evaluación ni el tato, la cual no se limitará únicamente al profesorado, sino que el acecho valorativo alcanzará también a directores, inspectores y responsables de la administración. Con un par.

A partir de ahora, oiremos hablar en el patio tanto de bonus como de despidos y si uno de los indicadores para puntuar al docente va a ser el nivel de su alumnado, el tema puede complicarse y asemejarse a la mala praxis utilizada en el mundo bancario, por ejemplo, donde todo vale con tal de conseguir los objetivos marcados. Miedo me da pensar, también, en aquel profesor al que le toque la clase del pelotón de los torpes, o al sufrido docente que cargue con el nivel escolar de aquellos entornos socioeconómicos menos desarrollados.

Buenos propósitos asisten al bueno de Marina en su particular diseño del Ágora, como aquel de erradicar la práctica –de origen francés- de que “la escuela es para escuchar y la casa es para estudiar”, lo que califica de disparate. En su lugar, propone que se estudie en clase y que el alumno tenga un máximo de quince minutos al día de deberes en primaria, e ir aumentando un cuarto de hora cada año. Con esto quizá se evitaría que el alumno vuelva a casa con cara de besugo –síntoma inequívoco de que no ha aprendido ni entendido nada- y aturulle a los padres con horas y horas de ejercicios.

Particularmente, y a pesar de la sensatez de muchas de las medidas propuestas, no hay que obviar que será complejo instaurarlas en una administración tan politizada como la educativa, con lo que mucho me temo que llenar de letras negras el Libro Blanco se convierta en una cortina de humo para provocar el pertinente debate tras años en que la maltrecha educación pública ha perdido casi 30.000 docentes, se han aumentado las horas de clase y el número de alumnos por aula mientras que los sueldos, por contra, han caído.

El arriba firmante, alumno tanto de la escuela privada como de la pública y en ese orden, ha conocido profesores de todo tipo y condición, puesto que, como en botica, en el aula hay de todo: buenos, excelentes, pésimos, tontilocos, mala sombras, borrachos pero lúcidos, seminaristas de doble moral y hasta alguno, créanme, hoy Rector creo, que se permitió el lujo de preguntar en clase si ya teníamos elegido al delegado de curso para que le bajara un cubata de la cafetería. No está tan mal, por tanto, que a partir de ahora también los docentes vayan a pasar por el fielato del examen.

‘Cuatro esquinas’: Libro blanco

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