Nuestros vecinos gabachos, que en cierta manera representan un contrasentido al ser tan pioneros en algunas cosas y excesivamente conservadores en otras, han tomado, a mi modo de ver, una acertada iniciativa en materia laboral: convertir en derecho el justo anhelo de poder desconectar del trabajo. Algo que ya de por sí debería ser obligatorio, lo han dotado de rango legal, para mayor protección, tratándose por desgracia de un derecho de nuevo cuño.

Esta suerte de eutanasia laboral –por lo del derecho a desconectarse- se enmarca dentro de su polémica reforma laboral, convirtiendo de esta manera a Francia en el primer país mundial en poner límites y coto a ciertas prácticas abusivas derivadas del empleo de las nuevas tecnologías en el ámbito laboral, que si bien permiten mayor flexibilidad y el poder trabajar en pijama y pantuflas desde nuestro sillón orejero, no es menos cierto que también dificultan la necesaria conciliación al convertirnos en centinelas del móvil y del ordenador fuera del horario laboral, vacaciones y festivos incluidos.

Ya afirmó Charles de Gaulle que “France ne peut être la France sans la grandeur”. Grandezas aparte, el cuarenta por ciento de los trabajadores galos consideran la sumisión laboral y horaria como “une grande merde”, por lo que han decidido incluir dentro de su código legislativo laboral el derecho a la desconexión.

A partir de cierta hora, el típico jefe cansino no recibirá respuesta a sus plegarias o recibirá alguna respuesta automática del tipo: “No moleste, jefe, estoy en mi jornada de desconexión, ejerciendo el santo matrimonio. Déjeme en paz. Firmado: Operario 459”.

En defensa y descanso también de los jefes, la medida pondrá freno a las malas prácticas de mucho hipertrabajador alienado, para los cuales acuñó Bertrand Russel aquello de que “un síntoma de que te acercas a una crisis nerviosa es creer que tu trabajo es tremendamente importante”.

Para que tal medida fuera eficaz, más que poner en silencio nuestros smartphones o smartwatchs, lo que habría que hacer es pegarle un hachazo a los cables del servidor de la empresa, a fin de evitar tentaciones y el miedo operario a no atender cualquier encargo fuera de la jornada de trabajo.

Realmente estamos ante una norma en blanco, o cuanto menos ante una declaración de principios genérica, puesto que la medida exige que cada empresa pacte el modo de llevar la desconexión a la práctica, decidiendo la empresa en caso de desacuerdo, por lo que mucho me temo que a algún mandamás franchute se le ocurrirá establecer que en su empresa solamente entra en vigor el derecho a desconectar a las cuatro de la mañana.

Este nuevo derecho-deber, que ha entrado en vigor el primer día de enero con cierto escepticismo de las partes implicadas, tampoco contempla sanciones a aplicar en caso de incumplimiento, llámese jefe recalcitrante o trabajador obstinado.

La nueva norma resulta plausible en cuanto a la protección legal que ofrece frente a desmanes y desfases horarios, y sirve para tipificar ciertas conductas más propias del mobbing o acoso laboral, si bien resulta algo ambigua al dejar la concreción y el desarrollo del derecho al albur de las negociaciones entre empresa y trabajadores, lo que puede convertirse en una nueva fuente de tensiones o en un nuevo sendero para todo aquel que desee crear problemas. Y es que, estadísticamente, todo se explica, aunque personalmente, todo se complica.

Un buen comienzo sería poder ejercer este derecho desde las 18:00 hasta las 7:00 horas, aunque habrá quien inunde nuestros correos electrónicos a las 17:55, mientras el sufrido trabajador francés ya prepara la cena, o al que le entre alguna urgencia a las 7:05, mientras se afeita.

Otro efecto positivo de la nueva norma será evitar preguntas capciosas en las entrevistas de trabajo, tales como:

¿A qué hora finaliza la jornada laboral del puesto ofertado?

A las 18:00 horas.

Ya, pero ¿a qué hora se desconecta?

Derecho a desconectar

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