Curiosa costumbre la de los políticos italianos empleando el recurso a la dimisión en cuanto algo no sale como anhelaban sus conspicuos intereses. El último de una larga cadena de dimisionarios ha sido Matteo Renzi, a quien ya se da por amortizado tras su derrota -o la victoria del no- en el referéndum sobre la reforma constitucional.

Ha dimitido ejerciendo de gracioso y dándose más prisa que el Correcaminos -beep beep-, sin siquiera esperar al recuento final de la votación y sin esperar tampoco a aprobar los Presupuestos para 2.017, lo que añade a su breve periplo gestor una cierta falta de responsabilidad, cuanto menos, en dejar las cosas medianamente bien hechas. Para qué. No debía leer Renzi a Saramago, para quien “sin responsabilidad quizá no merezcamos existir”, aunque el Presidente de la República tuvo que recordárselo: No corra vd. tanto, Matteo, y déjenos al menos aprobados los Presupuestos, coppone.

Inversamente proporcional a cualquier idea de estabilidad, en Italia han dimitido cuatro Primeros Ministros en la friolera de cinco años y Renzi es el tercero que gobierna fugazmente sin haber sido elegido por las urnas. La estampa de la subida al Palazzo dei Qurinale con la carta de renuncia en los dientes para entregársela al alicaído Presidente de la República de turno ya es tan clásica en Italia como el limoncello. Y es que quizá se renuncia a lo que se es por lo que se esperaba ser.

Todo en Italia es “bellíssimo” como escenografió Luchino Visconti y hasta dimitir se ha convertido en un arte. Ya saben aquello de “non piove, porco governo”, lo que según parece genera la estampida en masa de sus gobernantes. Massimo D´Alema, Mario Monti, Romano Prodi o Enrico Letta fueron algunos otros mandatarios recientes que tomaron la senda de Renzi, dejando el barco italiano al pairo.

El ya caduco Renzi, con pinta de Illuminati y que ni siquiera ha querido esperar a que le invitasen a marcharse, convocó un plebiscito sobre sí mismo y ha caído al abismo por un error de cálculo y un exceso triunfalista de confianza. La ambición mata, podría leerse en las puertas del Senado. Su ansia de perpetuarse –qué tendrá el poder que todos quieren eternizarse en él y algunos no se van ni con agua caliente- ha recibido el rechazo del populacho, que no es tan tonto ya a estas alturas y ha entendido claramente la verdadera intención soterrada de la pretendida reforma: dar más poder al Gobierno restándoselo a los partidos minoritarios y al Senado.

Renzi accedió al poder arrebatándoselo a un compañero de partido, que también duró poco, pero en cambio lo ha perdido democráticamente, puesto que tan sólo apoyaron su moción reformista los bucólicos habitantes de su Toscana natal, escaso bagaje para que pudiera prosperar tan magno órdago.

En un alarde retórico y pretenciosamente simpático, Renzi ha manifestado que “yo quería reducir el número de escaños y el sillón que ha saltado ha sido el mío”. Curiosa referencia a la poltrona en su frase de despedida, mientras la candorosa ciudadanía y el país transalpino se quedan sin gobierno, en una suerte de mannequin challenge popular e institucional.

Esta misma semana pude ver en la Filmoteca la película Suburra, que narra con crudeza los avatares y corruptelas de políticos, mafiosos, gitanos, empresarios y demás pelagre de la zona periférica de Roma. La trama, basada en casos reales, transcurre en aquella semana convulsa de noviembre de 2.011 en la que dimitió Il Cavaliere Berlusconi, gran aficionado a los lupanares e inhabilitado por fraude fiscal hasta el año 2.019, y al que muchos ya echan de menos, viendo el devenir de los asuntos patrios. Prácticamente un año después, se formalizó la renuncia del morador germano del Vaticano. En Italia todo está conectado gracias a los tentáculos de la mafia y del dinero.

Suburra nos muestra una Roma lluviosa -guiño a Blade Runner-, una banda sonora atronadora y un plano resume a la perfección el estado de la nación por aquel entonces: la incesante lluvia –contrapunto a la pertinaz sequía- anega y desborda las cloacas de la ciudad. Nadie como los italianos para pincelar este tipo de vida abyecta, ambiciosa, golfa y peligrosa.

Lo de Italia desde luego es para hacérselo mirar. Son geniales, puesto que en setenta años de democracia ya llevan sesenta y tres Gobiernos y andan buscando al número sesenta y cuatro, que intuyo que también será regente o de transición. Deberían de aprender de los cubanos, quienes también a lo largo de otros casi setenta sólo han tenido como gobernantes a dos hermanos verborrágicos y uniformados.

 

DIMISSIONI

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