Gambia (no me resisto al chiste fácil, ni quiero:  no sé si blanca o roja) tiene una rara forma alargada. Dejo al lector que le vea el parecido. Está rodeada en casi su totalidad por el río del mismo nombre y se asoma humilde al Atlántico. Como casi todos los países africanos, tiene unas fronteras rectas, trazadas con tiralíneas por los europeos. El resto, las orillas del río. Está abrazada por Senegal.

Fue ruta transahariana desde el siglo X y por su puerto atlántico, actual capital, Fanjul, se iba sangrando con el oro, cacao, café, azúcar, ron, marfil y lo que es peor, esclavos (unos tres millones) fueron arrancados de sus orígenes por los europeos. En el siglo XV comenzaron los portugueses, luego la courlandia polaco-lituana que lo vendieron en 1664 a los ingleses, también alemanes…. Tantos siglos saqueándolos  y ahora nos cuesta devolverles parte con nuestras cuotas de integración y acogida de migrantes. Me viene a la memoria la acertada frase, que dijo alguien que no recuerdo :  ”Europa es el barrio pijo de la Tierra”, “barrio” al que todos quieren ir, pero que hemos hecho un “autoguetto” para impedirlo…

Por último los ingleses fueron sus colonizadores, de quienes se independizaron hace casi nada, en 1965. Fue gobernada con cierta autoridad hasta abril de 2012, por unas elecciones democráticas que ganó el Presidente Macky Sall. El 17 de enero  de este año, la CEDEAO, Comunidad Económica de Estados de África Occidental, tuvo que intervenir militarmente para consolidarlo, al igual que en Mali para la lucha contra el yihadismo. En la actualidad en Gambia hay 1,7 millones de habitantes que cultivan una fértil tierra, pescan  y comienza el turismo.

Es, por tanto, paso obligado de norte a sur de Senegal. Cuando fue García López-Tello,  integrado en  su comando vasco-manchego, compuesto de 3 mujeres y él, todavía no florecía la primavera de la democracia en su totalidad. Los trámites de la frontera fueron lentos y con malas caras. Los pasos fronterizos sucios y encharcados, flanqueados gentilmente por soldados fuertemente armados y con letreros, en inglés, claro, prohibiendo hacer fotografías y saltarse restos de normas, como salirse de las estabulaciones a las que nos dirigían.

Establecimos un plan que era distraer el género femenino a los soldados y en su desinterés por García, éste pudo fotografiar al comando en el barco. Sin más inocente intención que dejar constancia fotográfica del momento. Nos pusimos anteojeras para no ver las instalaciones militares, que no había.

Y así pasamos a Senegal, región de Casamance del norte, nos adentramos en su atmósfera. Anduvimos andando con unas sandalias cangrejeras, pisando la tierra y sus charcos. De resaltar la hospitalidad de la gente, esa belleza en sus ojos, la alegría de una visita, el compartir nuestras cosas. Como valoran algo tan simple como un boli. Aportamos botiquines básicos y lo tomaban como si fuese equipos de resonancia. Destacamos sus largas y bellas playas  solitarias, tan solo con algunos cerdos-cerdos en sus orillas, hozándolas. No encontramos a Robert Redford, pero sí muchas cabras subidas a los árboles en busca de las bayas con que alimentarse. Imposible olvidar el perfil mágico de los baobabs, la atmósfera envolvente que te atrae de por vida, el olor a vida, a fecundidad. La sinfonía inacabada de sonidos que alguien calificaría como cacofónicos, con solistas de por medio. Los extraños altares en los que se mezclan signos animalistas con cristianos, te impactan. Los termiteros de más de un metro, como pirámides. Y la mezcla de tonalidades malvas, rojizas, amarillentas… a la caída de la tarde, cambiando así mimo la sinfonía. Cada noche crees que has asistido a un nuevo espectáculo que ha durado todo un día, solo para ti.

En una batida al  atardecer, en una zona pantanosa, mucho calor y humedad, el comando se encontró con una edificación extraña que parecía abandonada, entre altos matorrales y frondosa arboleda. Nos sobresaltamos al aparecer tres hombres. Nos acogieron muy bien, aunque se notaba que les extrañaba, igualmente, nuestra presencia. Dijeron que eran colaborantes que habían encontrado casualmente ese edificio abandonado, antigua misión cristiana. No preguntamos la nacionalidad, pero su francés era muy bueno. Sí que les pedimos algo de beber y ¡oh sorpresa!, cuando nos sacaron un tetrabrik de Don Simón de vino tinto, que les pagamos y tomamos con delectación, a más de 40 grados y 100 % de humedad. La parte vasca continúo hablando con los colaborantes y la manchega, con la excusa de un pis, junto con García, curioseamos por la misión. En una dependencia casi oculta y oscura, nos encontramos unas cajas, abrimos una y… aparecieron armas. Rápidamente salimos y urgimos al resto del comando para abandonar la reunión, con la excusa de que se estaba haciendo de noche. No necesitaron esas armas para cobrarnos 12 euros por el vino, si, ese que cuesta 1.

Don Simón

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