Estas son mis razones. Si no le gustan, tengo otras

 

Teníamos una tertulia literaria que se llamaba Jacaranda o Jacarandá, no lo sé. Siempre discutíamos sobre si llevaba acento o no. Nos juntábamos en el Hotel Duques de Bergara, muy cerca de Plaza Cataluña. Un sábado al mes charlábamos con un autor afincado en Barcelona. La lista era inmensa. Disfrutamos hablando con Arcadi Espada cuando Ciudadanos era tan solo un proyecto ilusionante. Juan Marsé nos habló de sus Últimas tardes con Teresa. Sé cosas muy interesantes en torno a ese tema. Nunca pudimos llevar a Ana María Matute porque ya entonces andaba delicada de salud. Guardo esa pena. Para mí, la Barcelona cosmopolita tiene la cara de muchos autores que escriben en español.

Después de la tertulia muchas veces nos íbamos a curiosear libros en La Central del Raval, mi librería favorita de Barcelona. Las cervezas las tomábamos en Muebles Navarro, que era una tienda de muebles reconvertida a bar. Te sentabas a saborear tu tercio de Voll Dam en un tresillo de la época de Cuéntame.

Solíamos terminar tomando un kebab en un sitio inmejorable que había en la Rambla del Raval. Lo llevaban unos pakistaníes para quienes la limpieza era tan importante como para mi suegra, que ya es decir. Nunca he vuelto a tomar un kebab como aquellos.

Como buena madrileña me gusta cenar de raciones. Tan solo conocí un bar que cumpliera todas mis exigencias, La Esquinica. Como siempre había gente esperando mesa, en la fachada del bar habían instalado un dispensador de números para coger el turno. Nunca entendí que, dado el éxito, no abrieran más bares como aquel en una ciudad donde no te ponen ni una aceituna con la cerveza.

Me encantaba vivir en Sant Andreu. Era un barrio como los de antes, con sus tiendas y su mercado tradicional. En aquel mercado había, por ejemplo, un puesto solo de bacalao. Se podía elegir en qué punto de sal te llevabas los trozos. Las tenderas llevaban unos delantales blancos, preciosos e impolutos. Era como estar en casa.

La biblioteca del barrio (Can Fabra) era una joya. Traían muchas novedades semanales (la mayoría en catalán) y era inmensa. Si querías una buena biblioteca en castellano tenías dos opciones: la de Caja Madrid en Plaza Cataluña (curioso, ¿eh?) y la de Juan Marsé (claro) en el barrio de El Carmelo.

En el barrio las cervezas nos las servían en un bar que se llamaba Can Roca. Yo creo que comenzamos a ir porque, desde la calle, vimos que tenía una nevera antigua de madera empotrada en una de las paredes del local. Un día, de forma casual, descubrimos que era un sitio estupendo para ir a comer los fines de semana, cuando de bar pasaba a restaurante. Era bastante difícil reservar mesa. El dueño era un tipo alto que tenía un bigote portentoso. La cocinera era su madre. La oíamos trastear en la cocina, pero nunca la veíamos. Lo que sí vimos fue como a él se le cayó un tenedor al suelo y no tuvo ningún escrúpulo en recogerlo y dárselo a un cliente. Estaba todo tan bueno que preferimos obviar este detalle.  Nunca olvidaré aquellos “peus de porc”. Hace unos años leí en la prensa que el Roca había muerto. Lo lamenté.

Había una calle que bajaba desde Concepción Arenal (mi calle) hasta Gran de Sant Andreu que estaba llena de naranjos. Intentaba bajar siempre por esta. Sobre todo, en primavera, cuando el aire se llenaba de aquel intenso aroma a azahar. Eso también lo recuerdo.

Decían que el dueño de la farmacia de la esquina había estado en Terra Lliure. Como madrileña, esto era para mí un dato muy inquietante. Nunca entré.

Por cuestiones laborales teníamos acceso a un parquin cerca de la playa, así que bajábamos a la Villa Olímpica muy a menudo. En invierno podía hacer un día de perros en Sant Andreu y un sol espléndido en la playa. Pasear por la playa en invierno es una de las cosas que más echo de menos.

A veces, los fines de semana, nos íbamos a Sitges a tomar un arroz a La Pinta. Era un sitio que llevaba una pareja de gais encantadores. El más mayor había sido amigo de Gunilla von Bismark en Marbella. Nos pedía que no le sacáramos fotos y las vendiéramos a las revistas. No sabría explicar quién era. Yo soy una persona que lleva a gala no saber quién es Cristina Pedroche. Háganse una composición de lugar. Mi interior se meaba de la risa.

En la playa de Sitges siempre había una pintora extranjera que pintaba pequeños lienzos del pueblo. Le compré uno antes de irme de allí.

Intentaba no ver TV-3, me irritaba su lenguaje, calcado del de los políticos nacionalistas. Nunca decían España, sino estado español, por ejemplo. Aquí voy a dejar este tema, intento escribir algo positivo.

Tenía muchos amigos, algunos independentistas. Ellos decían que ya que tenían a mano a alguien de Madrid no podían perder la oportunidad de meterse conmigo. Yo les decía que no iba a perder la oportunidad de contestarles. Nunca evado un buen intercambio de opiniones. Recuerdo el silencio alrededor mío solo en dos ocasiones. Las que pinché en hueso. Las que definen para mí el problema.

Hablé muchas veces sobre la independencia de Cataluña y sobre esa necesidad que tienen de que se les reconozca que son diferentes. Como si la luciérnaga dejara de tener una lucecita en la tripa en el momento en que dejamos de mirarla. Digo lo de la luciérnaga porque me acuerdo siempre de eso que decía La Maga. “No me parece que la luciérnaga extraiga mayor suficiencia del hecho incontrovertible de que es una de las maravillas de este circo, y sin embargo basta suponerle una consciencia para comprender que cada vez que se le encandila la barriguita el bicho de luz debe sentir como una cosquilla de privilegio.”

Hace poco una buena amiga me preguntó el porqué a mí, que no soy catalana y que no vivo en Cataluña, me importaba tanto el asunto catalán. La verdad es que tengo muchos argumentos racionales para contestar a esa pregunta, todos ellos relacionados con mi sentido de la justicia y de la democracia. Sin embargo, traspasada la línea y el tiempo de lo meramente racional, he de decir que yo también tengo razones sentimentales para querer seguir sintiéndome como en mi casa.

Digo esto porque sé perfectamente cómo termina una conversación con un independentista, cuando se queda sin razones: “mira, no es una cuestión racional, es de sentimientos”. Pues aquí están los míos. Si no le gustan, no tengo otros. Razones, sí.

 

Categoria La Opinión

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