Seguramente influenciado por mi reciente realización de un curso de formación -comunity mánager- sobre el uso de las redes sociales en el ámbito laboral -renovarse o morir-, me reafirmo no ya en el autismo social que supone el abuso de las mismas, sino también en el peligro que entrañan en cuanto a los contenidos que pueden publicarse y extenderse como el magma. Tras mi vuelta a las aulas, el ágora me desvela los entresijos y entretelas en la materia, y advierto que todo este tinglado virtual y social se basa esencialmente en algoritmos fácilmente manipulables, influenciables, que me permiten comprobar, entre otras cosas, lo sencillo que resulta, por ejemplo, comprarse un trending topic en Twitter. Es decir, se crean apariencias de verdades, de resultados, de ratios y se generan, en ocasiones de manera artificial, temas y estados de opinión sobre los que hablar con el ánimo de influir masivamente en el atribulado lector digital. No descubro nada nuevo si afirmo que la vida es un cuento, un maravilloso y enorme teatro, y la vida virtual no iba a ser menos.

El rotativo británico The Guardian acaba de desvelar que ha logrado hacerse con varios de los manuales operativos de Facebook, lo que evidencia que en todas las empresas hay siempre algún topo. Las normas secretas de Facebook han quedado al descubierto y temas como el sexo, la violencia o el terrorismo no vulneran su nomenclátor de contenido a publicar. Todo es relativo y así mientras que no se publicarán contenidos relativos al bisoñé del Presidente norteamericano, puesto que semejante mandril goza del status de categoría protegida, no tendremos problemas en publicar, por contra, consejos sobre cómo aplastarle el cráneo a nuestra mascota o a un menor.

De los papeles de Panamá hemos pasado a los manuales de Silicon Valley y en cuanto a imágenes, hoy día todo es publicable, según el cuestionado breviario de Facebook, como vídeos de abortos o intentos de autolesionarse, salvo que básicamente se trate de algo aberrante o se califique por un grupúsculo de censores como de sádico.

¿Y quién censura al censor?. Según The Guardian, Facebook recibe cada semana más de seis millones de quejas por la publicación de noticias falsas, conocidas también en el argot -es que ahora se mucho de esto-, como FNRP (fake, not real person). Resulta difícil de entender que un limitado equipo de 7.500 moderadores se encargue de vigilar la aplicación de los criterios internos que regulan en esta macro red social todos los contenidos e imágenes de dos mil millones de usuarios. Téngase en cuenta que en ocasiones tan limitado personal escrutador debe decidir en cuestión de diez segundos, y así pasa.   Facebook es un coloso que se ha hecho demasiado grande y demasiado rápido, como reconocen los propios empleados de la compañía, y se le acusa, con razón, de ser excesivamente tolerante con los contenidos que permite publicar.

Ya afirmaba Albert Einstein que “se ha vuelto terriblemente obvio que nuestra tecnología ha superado nuestra humanidad”, en el sentido de que el espíritu humano debe prevalecer sobre aquélla. Otro que vivía en un mundo feliz -Aldous Huxley- vaticinaba que “el progreso tecnológico sólo nos ha proporcionado medios más eficientes para ir hacia atrás”, adelantándose en el tiempo a haber comprobado que el imbécil terrenal, gracias a las redes sociales, cobra dimensiones exponenciales y se viraliza en el mundo online.

Las grandes plataformas fueron ideadas por jóvenes visionarios, lo cual tiene mucho mérito sin duda, aunque la posterior gestión de las mismas, a nivel profesional, les viene grande, lo que acredita que siguen gestionándose por cuatro niñatos. Convendrán conmigo en lo peligroso del asunto, teniendo en cuenta que casi un tercio de los habitantes del planeta tiene una cuenta en Facebook.

Expresiones como “vamos a apalear niños gordos” o “desgraciados, más les vale rezar a Dios para que conserve mi salud mental si no quieren que salga a matar a unos cuantos de ustedes”, pasan sin problema el filtro de los moderadores puesto que para Facebook, según su ahora aireado manual interno, el lenguaje violento por sí mismo no resulta siempre creíble mientras que los vídeos de muertes violentas, pese a poder etiquetarse como perturbadores, no siempre deben ser borrados ya que pueden contribuir a crear conciencia. Incluso los intentos de autolesión pueden ser publicados porque no se pretende censurar a personas angustiadas. Con un par.

Resulta evidente que la responsabilidad no debe recaer por entero en la red social, sino principalmente en aquellos que se sirven de ésta para cometer actos delictivos o éticamente reprobables y difundirlos masivamente, pero no estaría de más apreciar cierta concurrencia de culpas, como decimos los juristas, para que el gigante virtual revise sus manuales internos y contrate perfiles senior especializados y no tanto becario junior al que dota de tanto poder de decisión, para así evitar que ante nuestras denuncias públicas sobre contenidos el censor de turno, imberbe y en prácticas, nos ignore y se limite a aplicar, sin más, el libreto de Mark Zuckerberg.

 

Facebook, manual de uso

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