Es el nombre del adictivo juego ideado con una simple botella de agua a medio llenar y que consiste en lanzarla con una mano al objeto de que ésta caiga de pie, allanando el camino la gravedad para un aterrizaje suave y preciso. Este es el nuevo y enloquecedor hábito juvenil.

Tan sencillo como complejo entretenimiento arrasa en los patios de colegios y parques, y destrona, al menos momentáneamente, a otros pasatiempos ligados a las nuevas tecnologías, de las que únicamente se ha servido para su expansión viral. “It´s an epidemic”, exclaman ojipláticos los estudiantes estadounidenses, sobre el impacto del juego. No en vano, hasta el Boston Globe –rotativo que destapó el affaire Spotlight- se ha hecho eco del furor del nuevo juego e incluso esta misma semana he escuchado un reportaje sobre el asunto en nuestra Cadena Ser, psicólogo incluido.

Lo interesante a nivel social del experimento radica en que consigue amontonar a varios jóvenes curiosos y competitivos alrededor de una inocua botella de plástico durante cierto tiempo, tratándose de un juego escasamente nocivo puesto que lo peor que puede pasar es que se forme un charco de agua en el suelo.

Tan básico ingenio mayoritariamente aceptado me trae a la memoria muchos y variados juegos de los que fui contumaz partícipe. Vaya por delante que yo fui de aquellos que tuvieron una infancia estupenda, con sus bollycaos y sus peleas, no tuve de todo pero no me faltó de nada.

Miento, siempre anhelé el barco pirata de los clicks de Famobil, hoy rebautizados como Playmobil, y de los que llegué a dotarme de una modesta colección, que se asemejaba bastante a los Village People, puesto que tenía uno vestido de policía, otro de indio con penacho de plumas, etc. La misericordiosa frase “dejad que los niños se acerquen a mí” habría que atribuírsela al fundador de tan entrañables muñecos.

Con el tiempo he aprendido a valorar aquella negativa torticera y paterna a comprarme el barco pirata. La moralina era eficaz y elemental: no podemos tener todo lo que queremos, por lo que les felicito con treinta y tantos años de retraso, aunque a día de hoy no puedo evitar quedarme embelesado cuando consigo ver el navío bucanero de marras. Ains.

A pesar de la perseverancia de mis padres, no me faltó el Scalextric, cuyos coches volaban mediante patillas metálicas arriostradas en sus raíles, surcando de esta manera los monoplazas los peraltes más atrevidos.

Siguiendo con el parque móvil, mientras que mi hermano tenía un buggy teledirigido muy molón, a mí me obsequiaron con un furgón policial. Difícil discernir si intuían ya en mi cierto respeto por la justicia y el orden o se me consideraba un pequeño delincuente en ciernes, constituyendo tal juguete una suerte de aviso. Por contra, nunca me dio por jugar a la taba, supongo que porque era un fonema que me sonaba chungo y me provocaba cierto recelo.

El Cine Exin fue mi primer contacto con el celuloide, pasión que todavía arrastro y cultivo con fervor. Recuerdo también que conseguí completar el álbum de cromos de fútbol logrando hacerme con la estampa del por aquel entonces inalcanzable Hugo Sánchez, quien gustaba de definirse públicamente como “el macho más macho de todos los machos”. Dicha gesta me ocasionó el regalo de un balón y me convirtió, durante unos días, en el chaval más célebre del barrio.

Eran los tiempos de juegos de mesa tales como Misterio, Cluedo y Mad, o el mundo al revés, puesto que ganaba el que perdía, y cuyo marketing se limitaba al rostro de un orejón y pecoso inglés. Para los pacientes y habilidosos surgieron el Cubo de Rubik y el Simón, engendros multicolores que consiguieron captar nuestra atención y concentración. La Consola Atari fue mi mayor coqueteo tecnológico del momento, me encantaba el juego de los paracaidistas, al que por aquel entonces yo denominaba el juego de “los que se esclafan”, pues eso era lo que pasaba si no los recogías a tiempo del aire..

También se llevaba el zompo y la temible zompa, que los cursis denominaban peonza, y el juego de las canicas, las bolas y el guá, en el que demostré poseer un certero tino que, lamentablemente, no he podido conservar para otros órdenes de la vida. Qué decir del futbolín y las horas que le dediqué y lo que me reí con las hilarantes vicisitudes familiares de tribus como los Roper, Los Flodder y Con ocho basta. En los altares, mi admiradísimo Benny Hill, que trataba a las mujeres como Donald Trump, aunque con más gracia e ingenio.

Recuerdo con prístina nitidez aquel solaz universo vintage, por lo que tener conocimiento del furor del Flip Bottle me ha hecho retroceder a aquellos tiempos de asueto y entretenimiento inocente. Cualquier iniciativa que haga patio, corro o grupo y aleje siquiera durante un rato a los jóvenes de sus manoseadas tablets y móviles, sinceramente, es bienvenida. Espero que se multipliquen y duren, y no sean pasto de una efervescencia momentánea en esta época de tanta distracción digital.

FLIP BOTTLE

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