En el escenario de violencia en el que se encontraba Paris en el principio de los años sesenta, recién perdida la Guerra de Indochina por parte de Francia, con tantas fuerzas enfrentadas a causa de la de Argelia, viví unos días en su monumental Ciudad Universitaria, en la que cada país está representado por una edificación característica del mismo. Son como Colegios Mayores; el de España es un bonito castillo, con sus almenas, pero estaba cerrado cuando fui para albergarme. Estuve un día en el Pabellón de Francia de las Provincias de Ultramar, en plena Guerra de Argelia;  poco acertada la elección, pero era el único sitio posible. Por la noche retumbó una  gran explosión, provocada por una bomba colocada en la puerta de entrada, cuando me estaba acostando, con el susto y revuelo consiguiente. Era mi bautismo de fuego. Rápidamente me vestí y bajé para ver la movida. Ya había llegado la policía y el ejército. Cascotes por todos lados, humareda y la puerta destrozada.  Tristemente hubo dos muertos, dos lindos gatitos.

Al día siguiente me pasé al de Marruecos, realquilado por un estudiante que me pasó el derecho de la estancia. También estuve pocos días, pues el marroquí conservaba la llave y me robó el poco dinero que tenía. Al comunicárselo,  me dijo, con desfachatez, que había que poner atención.  Sonaba a culpa.  Al marcharse, cogí de su habitación, en especies, el equivalente del dinero robado y me marché. Pocos  días después fui localizado por sus amigos, que conocía, y fui perseguido por las líneas de metro, haciendo varios trasbordos. No estaba Orson Welles, pero podía haber rodado una peliculilla de aventuras. El esquinazo se produjo, al     sonar la bocina de arranque del tren, y cuando se estaban cerrando  las puertas,  di un salto y salí al andén, sin dar tiempo a que los perseguidores saliesen detrás, me miraron jurando en musulmán, creo. No tuve más seguimientos.

Aprendí mucho de mi contacto con mi mecenas. Era un afamado director,  productor y distribuidor de cine, millonario, con un Citroën Tiburón que me encantaba. Era un enamorado de España y guardo un gran recuerdo de él y mi agradecimiento por su apoyo. Comunista. Su deliciosa mujer,  húngara judía, la primera persona de esta raza-religión que conocía. Me encantaba hablar con ella y de cómo había escapado de los nazis. El grupo de amigos lo componían, además del cineasta, un periodista muy conocido del periódico Le Figaro, de derechas. Un gran dibujante humorístico, de abuelitas, que he seguido muchos años, tipo Forges,  socialista. Otro periodista, deportivo, de l,Equipe, liberal, que iba a cubrir el Tour de France   y el agregado militar de la Embajada de España, un coronel franquista. Advertí a mi mecenas que, como no me fiaba del militar, no dijese que yo era español. Me hice pasar siempre por francés y hasta el final oculté mi identidad; también el militar era un buen tipo. Me maravilló la cultura del diálogo  que existía en el grupo tan dispar ideológicamente. Cuando dialogaban se escuchaban y respetaban. Años más tarde leí en primera página del País, pues, como digo, era persona muy reconocida en el mundo del cine, que mi mecenas había sido detenido en el sur de Francia por colaborar con ETA, albergando etarras y celebrando reuniones de la cúpula en su casa.

También me asombró pasar delante de una gendarmería y que mi acompañante, dándome lección de lo que era una democracia, siendo el Secretario del Partido Comunista de Paris, vociferase diciendo “a muerte con De Gaulle”, que era el Presidente. Los gendarmes lo ignoraban. Yo con la boca y ojos abiertos. Años más tarde, en el famoso mayo del ,68, donde De Gaulle perdió la autoridad moral que había ganado en la guerra,  constaté en una manifestación que esos gendarmes estáticos, sabían aporrear y manejar las tanquetas que lanzaban agua a presión. (En mi época universitaria, en Madrid, los bautizamos como  “botijos”, sí, esos mismos, mucho más modernos, que han reaparecido recientemente en Barcelona. Los “grises”, actual Policía Nacional,  los perfeccionaron impregnando el agua con anilinas que, si te alcanzaba, te teñían la ropa, prueba suficiente para ser detenido por alteración del orden público). Comprobé que debajo de los adoquines, que utilizaban los manifestantes para lanzarlos contra todo, estaba la playa así como que había que pedir lo imposible. También me pilló en Paris y participé, en septiembre del  ,73, en una manifestación multitudinaria con incendios y demás, protestando por la caída de Allende en Chile y la subida al poder de Pinochet. Meses antes había guiado a unos paisanos que venían en peregrinación, para ver El Último Tango en Paris, un ¡Miércoles Santo! Algunas señoras, escandalizadas y lavadas sus conciencias, abandonaron la sala, eso sí, una vez que Marlon Brando había enseñado el culo y agotado la mantequilla. ¿Qué pensaban, que iban a ver La Sábana Santa?  Agradable fue en el ,89 celebrar el derribo del Muro de Berlín, como se sabe levantado en el ,61.  A destacar que en 2013 también vi, sin participar, una manifestación de decenas de miles de personas, en contra del matrimonio  entre homosexuales, en la Sorbona, la Universidad por la que fui masón años antes. Me costó saber lo que estaba viendo;  pensé que habíamos pasado por la izquierda a los franceses, al menos en ésto. Hubo fuerte represión, siendo Ministro del Interior Manuel Valls y Hollande, Presidente, quien había aprobado la Ley recientemente.

Vuelvo al principio. Antes de trabajar para el Ejército, hice un contacto,  a través del periódico, con un profesor de la Sorbona que necesitaba que le hiciesen arreglos en el jardín de su chalet. Al entrar en la Universidad me sentí afortunado. Rogué que algo se me pegase. Fui escuchado pues Paris ha sido mi Universidad de la Vida. Laboralmente, además, tuve que ir durante diez años, dos veces por año. El profe salió de una clase, nos gustamos como patrón-obrero y acordamos remuneración y día para ver el trabajo a realizar. Yo pensaba que era de jardinería, pero no, era de albañilería. Tenía que hacer de albañil, maçon en francés, como se sabe,  oficio para el que yo no estaba dotado, según comprobé bien pronto. El profesor había montado una tienda de campaña en su jardín para que yo viviese allí, incluido jergón y saco de dormir; así se ahorraría perro y alarma. A pesar de mi estatura no podía ponerme de pie en mi estancia. Me pasé la mañana picando y llevando la tierra con una carretilla a un hueco; había que explanar rudimentariamente y lo tenía que hacer yo, que para eso era el maçon.  Menos mal que el mediodía allí era a las 12 horas. A esa hora me bajó su agraciada hija una bandeja con la comida. Pasé a mi estancia donde había una pequeña silla plegable y un taburete que hizo de mesa. Comí abundantemente, pequeña siesta y al tajo. Di de mano antes de lo previsto, pues me dolía tanto el cuerpo que todavía no me he repuesto, incluidas unas llagas. El profe lo entendió y me despedí… hasta hoy.

Al llegar a casa de mi mecenas se rieron de mi estado. La señora me cogió y me metió en la ducha, creo que vestido. Después de cenar me dijeron que no  debería volver más al tajo. Cómo iba a contradecirles. Hice caso y dejé para siempre de ser maçon…

Fui Masón por la Sorbona

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