Vi la luz, artificial eso sí, en Madrid en un lugar céntrico, junto con más colegas. Obtuve mi individualidad, después de estar con ellos como en una noria, de manera súbita, como con una guillotina. No fue traumático, al contrario, todo según lo previsto y muy normalizado, diría que automático. Los que lo hacían sabían cómo y miraban con ojos de profesionales, sin emociones. Nos escudriñaban uno por uno. El olor era característico. Todo muy aséptico. Después me enfajaron y me dejaron descansar.

El descanso duró poco pues me llevaron a otro lugar. Iban tres personas, que vestían igual, en un vehículo extraño, con solo una pequeña ventana. La ciudad pasaba ante ella y a través de la cual vi por primera vez la luz del sol. El viaje duró poco hasta otro lugar igualmente frio. Mi primera estancia. También me dejaron tranquilo. Sin luz. Sin ruidos.

Uno de mis primeros recuerdos fue un largo viaje con un señor muy elegante, que me sacó de esa primera estancia, hasta un lugar llamado América. En el avión no sentí nada. Al llegar al destino, me esperaron dos personas, con mucho peor aspecto. Me llevaron en un coche que decían era un 4 X 4, pero con mucho traqueteo, tampoco sentía nada. Iba bien acomodado. Llegamos a un lugar que dijeron era la selva. Noté varias veces ser acariciado, como en toda mi vida. El compañero que había tenido desde Madrid, al llegar al lugar, muy higiénico, se limpió los dientes con un polvo blanco. Al rato se alejó con una mochila llena de ese polvo limpiador. Me quedé con los de peor aspecto. Me decían que, por mi color, sería del agrado de Prince. Me adapté a  ese nuevo lugar, pero no sentí nada.

Estos nuevos compañeros me llevaron de viaje a un suburbio, donde les esperaban otros sujetos más siniestros todavía, pero también me acariciaron. Uno de ellos me cogió con cara de asombro, me olió, me admiró, me acurrucó. Se marcharon los  anteriores con unas cosas metálicas, con tubos. Decían que daban seguridad y que podían proporcionar la muerte. Fue mi primera experiencia con ese horror.  Me adapté a mi nueva estancia y tampoco sentí nada. Me trataron, como todos, muy bien.

Al poco tiempo volví a  hacer un viaje. El destino era distinto. Un campo de aterrizaje en el que había dos aviones; en uno de ellos se fueron mis anteriores compañeros. En el otro me montaron e hice otro largo viaje, con dos señores muy bien vestidos. Ibamos a  Madrid. Al llegar me llevaron a un sitio que me resultó conocido, pues era mi primera estancia.

Siempre he recibido caricias y, al verme, admiración. Todos me dicen que soy superior y tengo un  gran valor, el mayor. No me enorgullece, pues no tengo identidad. Quisiera estar, como decía Rimbaud, al otro lado de las cosas. No siento nada. No tengo  conciencia de mi ser.

Será porque soy un billete de 500 euros…

Identidad

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