Coincido con muchos columnistas esta semana al observar que nos están dando excesiva caña a los españoles desde distintos lares. Gratuita, a mi modo de ver, e injustificada. España y sus españolitos sufrimos las afrentas dialécticas e insolentes de cualquier botarate que tenga a mano un micrófono o una cámara. Ya escribí algo acerca de la verborrea como enfermedad.

Si primero fue un bodrio televisivo de la ETB el que nos tildó de paletos y chonis, los últimos en fustigarnos desde la lejanía -esto siempre me resultó muy cobarde- han sido un político holandés de pelo ensortijado y nombre impronunciable y el sucesor de Arturo El Empecinado, léase Carles Puigdemont, también conocido como El Interino, y con cuyo pelo yo no sabría muy bien qué hacer ni cómo domarlo.

A pesar de que no hay nada peor que pretender pasar por gracioso sin serlo, el desbocado mandamás del Eurogrupo, de nombre ortopédico, nos acusa a los países del Sur de Europa, en general, de malgastar los fondos europeos en alcohol y putas, básicamente, mientras que en la Universidad de Harvard, el ínclito President catalán, que anda en su intento soberanista de internacionalizar su causa ante la falta de adeptos internos, nos ha definido a los españoles como anticuados, ineficaces y atrasados.

En resumen, borrachos, puteros y medio tontos, y así se nos ve tanto desde dentro de España como desde fuera. Ahora que caigo, precisamente de putas algo saben en Amsterdam, según pude advertir pegando mi nariz y dejando allí mis mocos en los fríos cristales de las cabinas callejeras. De igual manera, supongo que no todas las zonas rurales del interior catalán o de las Vascongadas serán tan vanguardistas y cosmopolitas. No me considero una lumbrera, ciertamente, pero tampoco creo ser, por mi condición de español, como El Azarías de Los Santos Inocentes, auténtico ejemplar de lo que conocemos como “corto de entendederas”.

Convendrán conmigo en que se utiliza en demasía la palabra para levantar muros, en lugar de para derribarlos. Hay mucho tonto el haba lenguaraz que se debe haber quedado clavado en ciertas imágenes pretéritas de nuestro país, aquellas en blanco y negro y boina calada hasta las cejas. Lamento que se nos siga viendo de tan rústica y leñífera manera. No se pueden lanzar semejantes mensajes desde el púlpito europeo ni desde la universidad más prestigiosa del mundo, que parece no serlo tanto si da pábulo a este tipo de retórica.

Afortunadamente, también en el extranjero goza el President catalán de escaso poder de convocatoria, puesto que su arenga independentista tan sólo fue seguida por noventa prosélitos, todos estudiantes y muchos de ellos catalanes. Es decir, sólo acudió el que iba a oír lo que quería oír. En resumen, ni el Tato.

Constato que en los últimos tiempos nuestro país y sus habitantes recibimos más palos que una estera vieja. Eso es, al menos, con lo que me decía mi madre que me obsequiaría si persistía en mis trastadas. Pero a pesar de tanto tabanazo léxico, de lo que no nos podrá acusar el señor Puigdemont a los españoles, por ejemplo, es de roñosos, puesto que el Gobierno acaba de anunciar una inversión para Cataluña de 4.200M €. Barcelona es bona si la bolsa sona, ya saben. Seguro que a su vuelta de EEUU nos ve con mejores ojos, o al menos con los mismos ojos que el Tío Gilito, a quien se le metamorfoseaba el iris con el emblema del dólar cuando divisaba negocio a la vista.

Sujetos públicos pero irreflexivos lanzan sus peroratas faltonas contra nuestro país o nos incluyen en colectivos que suenan más a grupo flamenco -los del sur- que a mera diversidad histórica y geográfica. Al ingenioso y saleroso holandés ya le han pedido su dimisión más de setenta eurodiputados. Y es que ni los del norte son todos unos vikingos sin cuello -recuerdo aquello de “vándalos, suevos y alanos”- ni los del sur somos vagos y gastamos fortunas en alcohol y lupanares, también conocidos como “belenes”, con sus lucecitas y sus sórdidos aparcamientos, más que nada porque somos tan abiertos y disolutos que no nos hace falta pagar y porque la bebida, en España, es más bien un acto social.

Un Jefe del Eurogrupo y un Presidente Autonómico por muy zascandiles que sean no pueden pronunciarse de semejante manera aprovechando la lejanía puesto que gracias a las redes sociales resulta que todos estamos al lado de todos instantáneamente. Lo irónico del asunto es que este par de individuos, con pinta por cierto de ser más sosos que un nenúfar, pretendan pasar por ocurrentes.

Para Moliére, “así como es un don de los hombres de gran talento decir mucho con pocas palabras, es por desgracia de los sujetos de pocos alcances hablar mucho para no decir nada”. Poco tienes que decir cuando para ello necesitas desacreditar o despreciar al vecino. “Las gentes del sur somos diferentes a las del norte porque recibimos la fuerza del sol con una generosidad que nos permite el derroche”, afirmaba con acierto David Trueba en El País esta semana. En efecto, no se trata de atributos de la personalidad patrióticos o geográficos, sino culturales e incluso climatológicos. Somos distintos, sencillamente. De hecho, personalmente me siento más cercano a cualquier africano que a un finlandés, con el que no me une absolutamente nada.

Para algún malpensado quisiera añadir que no es que el que esto escribe sea precisamente de los que presumen de pegatina nacional en el coche, puesto que al mío no le quedan bien los adhesivos. Puesto a ser hortera, preferiría una pegatina de Pachá, con dos cojones. Y con dos cerezas. Tampoco ando luciendo pulseras con la enseña nacional. Para nada, ni creo sentirme menos español por ello. Pulseras he llevado toda la vida, eso sí, pero de hilo, de colores, de cuero y hasta en el tobillo, y siempre con algún significado o en recuerdo de alguien o algo. Pero no para reivindicar mi patriotismo. No me hace falta reafirmarme en algo que ya soy.

Que manía últimamente con encabronar al personal patrio. Asistimos últimamente -lo que lo convierte en un fenómeno- a un derroche de pensamientos imprudentes fruto de las malas pulsiones o de cierta envidia, que como afirmaba Napoleón es “una declaración de inferioridad”, mientras que aquí nadie sale en nuestra defensa o reivindica nuestra particular idiosincrasia.

Manda huevos, que dijo el otro.

 

Más palos que una estera vieja

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