Si Gabriel García Márquez le dedicó al amor de sus padres la novela “El amor en los tiempos del cólera”, la premier británica Theresa May pretende dedicarnos a los europeos otro legado cultural, social y económico, que bien podríamos titular “El amor en los tiempos del Brexit”. La salida inglesa de la Unión Europea parece que va a provocar también numerosos desajustes matrimoniales, y algunos van a usarse como moneda de cambio, como el caso de Petra Reekers, alemana y casada desde hace veintisiete años con un súbdito inglés, o el de Irene Clennell, de Singapur, casada igualmente con otro morador de las islas. Parentescos y estados civiles que no les van a evitar tener que tomar el avión de vuelta a su país, al ser consideradas ahora personas non british y ser deportadas, aparte de ser portadas de los periódicos de medio mundo. Cosas de Theresa May.

Abro paréntesis. Lo de las féminas en general en el Reino Unido es algo digno de estudio, son férreas, machunas y, estéticamente, de lo más horripilante que he visto jamás. Carecen de una pizca de sensibilidad y son más brutas que Obélix. Ya lo fue en su día la Dama de Hierro, a la que ahora ha cogido el relevo la tal Theresa May. Nótese que también dirige los destinos escoceses otro adefesio, una tal Nicola Sturgeon. Cierro paréntesis.

Estéticas aparte, bien podría matizarse hoy el Evangelio según San Marcos: aquello que ha unido Dios, que no lo separe el hombre. Salvo los ingleses, claro. El Gobierno conservador británico está utilizando estos casos sangrantes a modo de presión en sus negociaciones con Bruselas, que se presentan arduas. Internamente, la petulante Cámara de los Lores, ya saben, ese grupúsculo ataviado con ridículas y anacrónicas pelucas, acaba de instar a la premier, en cambio, a que se reconozcan los derechos de los inmigrantes de la UE, revés parlamentario que celebro y que ralentizará el proceso. Al final resulta que con peluca piensan mejor. El Gobierno, empero, no da su xenófobo brazo a torcer y replica que no se reconocerán tales derechos si no hay acuerdo de reciprocidad con los expatriados británicos.

Las cifras nos dan una idea del desaguisado: un millón de británicos andan desperdigados por la UE –España es curiosamente el país que más hooligans simiescos recibe- mientras que tres millones de europeos residen en territorio británico.

Sin ir más lejos, el que esto firma tiene previsto viajar a la colonizada Escocia en el mes de abril, si antes no se convoca en dicho país un segundo referéndum, puesto que el primero tuvo resultado negativo en relación a la desconexión. Mejor criterio mostraron, desde luego, los votantes escoceses, a pesar de andar por la vida con faldas y gaita al hombro, al socaire de los milagrosos efluvios del whisky de turba. Quién sabe, insisto, si para entonces no me habrán colocado ya el status de inmigrante extracomunitario o se me exigirá visado y tarjeta visa para hacer frente a cualquier contingencia sanitaria, de cuya asistencia me veré privado a pesar de que los ingleses, con semblante porcino y rojos como carabineros, acudan en masa cada verano a nuestras costas a emborracharse en chanclas acalcetinadas y a operarse del hígado cirrótico en España.

Resulta del todo comprensible que Pérez Galdós, en sus Episodios Nacionales, ya se refiriese a Inglaterra como “esa puerca, ya lo sabe usted, a quien dan el mote de la pérfida Albión”. ¿Me volverán a exigir estos bárbaros isabelinos, monárquicos, pendencieros y de trato burdo, la tarjeta verde de inmigrante? Sólo falta que en mi visita me den de hostias por ser español, y europeo a peor honra, pues sabido es que esta gente tiene mal vino y, por ende, la mano larga. No en vano, ya se habla de “hostilidad deliberada”. Deberé andarme con ojo, no me lo pongan morado.

Volviendo a García Márquez, el cólera, por cierto, se extendió a mitad del siglo XIX por el actual barrio del Soho londinense, aunque seguramente destrozó menos matrimonios mixtos que el Brexit. Good bye mix married y good bye a una pluralidad enriquecedora tanto para nativos como para británicos de adopción. Llamemos a las cosas por su nombre. El referéndum ha puesto de manifiesto la xenofobia inglesa y tenemos por delante el inquietante mes de marzo más dos años de negociaciones para conocer el destino británico y europeo tras cincuenta años de historia, la que ha vinculado al Reino Unido con el viejo continente, aunque para mí nunca estuvieron.

Alguien dijo que “si un terremoto hubiera de tragarse mañana a Inglaterra, los ingleses se las arreglarían para reunirse y cenar en cualquier parte, entre escombros, para celebrar el acontecimiento”. Ya lo creo. Si nadie cambia semejante desmán, durante este mes de marzo el Señor May, con la habitual flema inglesa, aplicará el artículo 50 del Tratado de Lisboa y el único tren que va a pasar desde entonces para los europeos con destino Londres será el Trainspotting.

A partir de entonces, los hinchas del Liverpool quizá dejen de canturrear aquello de “you´ll never walk alone“ -nunca caminarás solo-, puesto que ha llegado el momento en el que van a empezar a hacerlo.

Veremos qué tal les va.

Nunca caminarás solo

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