Siempre me ha gustado el bullicio tempranero que existe en muchos países africanos, sobre todo vivir como se despiertan las grandes ciudades. Es agradable ver el ir y venir, a veces a ninguna parte concreta, de sus habitantes madrugadores, hombres casi siempre. Frecuentemente van cogidos de las manos, en esas sociedades que, en su mayoría, están penalizadas las relaciones homosexuales. Me estimula ver ese deambular tan activo. De pronto llama a la oración algún mujahidin por los altavoces de una mezquita cercana (¿para cuándo tocar el Ángelus desde alguna iglesia católica en estos países? Recientemente, en Marbella, cuando se estaba jugando un partido de tenis y a punto de sacar McEnroe, se paró para escuchar la llamada a la oración desde una mezquita próxima). Alguna gente le hace caso, otra sigue a lo suyo que, frecuentemente, es seguir tomándose un té. Los bares están atestados, todos los clientes alrededor de las mesas, gesticulando y hablando sin parar. Me gusta sentarme entre ellos y no me considero extraño. Los camareros sirven el té muy humeante, más evidente a  las primeras frescas horas de la mañana. Aunque sea un establecimiento humilde, como son casi todos, lo sirven con un ritual majestuoso, muy profesional, como si el cliente fuese de alguna  familia real, si es que hay alguna que madruga. Me gusta oler los aromas, tanto del té, como de la hierbabuena, del ambiente. Es agradable coger el vaso entre las dos manos y notar el calor y beberlo sorbo a sorbo, sintiendo la comunión con el grupo y con el ritual, todo lentamente.

En este cuadro no falta el tráfico ordenado en su anarquía. Motocarros que sortean peatones, bicicletas, carros tirados por pequeños burros, burros solos que se adivinan debajo de fardos inmensos azuzados por sus dueños, ciclomotores, triciclos-taxi, carromatos sin animales manejados por sus dueños, pequeños autobuses atestados, niños gritando y corriendo, perros ladrando y corriendo. Asnos solos que van muy decididos, los que más. La atmósfera que se vive es muy especial. Los comerciantes montan sus tenderetes, algunos ofrecen sus productos artesanos para consumir en sus pequeños carritos. El deporte de comprar en las tiendas me fascina. Una vez iba con una compañera que preguntó por el precio de un artículo, el comerciante se lo dio y le pareció bien, pero fue el propio comerciante el que le dijo que le regatease pues sino se aburría. Yo le ofrecí, como siempre, la décima parte de su demanda y me dijo que no me metiese, que el trato era con mi compañera. Le respondí que era mi mujer y ya accedió a regatear conmigo; se quedó en el 30% del precio inicial.

La ciudad en la que me encuentro es Dakar. Se nota la influencia de la religión. El 90% de la población es musulmana sufí. Me informaron de que existen en el país  varios grupos o “cofradías”, bajo la dirección de un santo o fundador, cuyo poder y sabiduría le viene de dios. No son profetas,  pues el único es Mouhammad  y están destinados a preservar las enseñanzas de éste y a dirigir los ruegos cuando manejan el chapelet o rosario. Curioso que en aglomeraciones con una mano van pasando las cuentas del chapelet y con la otra palpan alguna prominencia de alguna turista. Todos los grupos aceptan los pilares del Islam y, a pesar de sus diferencias, su relación es muy cordial y son invitados a participar cada uno a las fiestas de los demás. Dan ejemplo a otras ramas del Islam, como chiitas y sunitas, por ejemplo, que dirimen violentamente sus diferencias en otros lugares.

La visita al Lago Rosa, a unos 35 km. al noroeste de Dakar, es obligada y sorprendente a pesar de haberla visto en tantos reportajes. El paisaje es de ensueño y el color espectacular. Allí se lo conoce como Lac Retba y está en una pequeña península que se llama Cabo Verde. Sería como la nariz de África. En la estación seca en la que me encuentro, es más apreciable el color rosa, color que lo da un alga,  que fabrica un pigmento carotenoide para absorber la luz del sol, de ésta se alimentan unos pequeños crustáceos que, a su vez, son la alimentación de sus famosos flamencos, palabra polisémica que tanto, pesadamente, hemos escuchado estos días. Curioso como viran de color desde el blanco o gris de su nacimiento, al rosa cuando ya son adultos. Un poco más cerca de nosotros, en la laguna endorreica salada de Pétrola (Albacete), he tenido la suerte de verlos. También existen unas bacterias que resisten la gran salinidad del agua, pero éstas no las vi.

Es espectacular ver a hombres recoger con palas la  sal del fondo del lago y llenar las piraguas que llevan a la orilla, donde las mujeres las descargan para secar la sal y blanquearla al sol. Todos se protegen de lo corrosiva que es la sal, untándose con manteca de karité. Por la gran salinidad de las aguas puedes flotar, como en el Mar Muerto,  cosa que comprobé desde el lado jordano.

Una vez cruzado el río Gambia, me adentré en la región de Casamance, ya al sur. En Cap Skirring vi como ponen el pescado al sol para salarlo y como matan a las crías de los tiburones, que no se comen, pero que lo hacen para que cuando sean adultos, no se los coman a ellos. El olor es nauseabundo. Abandonamos Zinguichor y la Isla Karabane, con sus manglares y unos cuantos nos aventuramos para llegar hasta donde pudiésemos más al sur. Cada vez el camino de tierra se hacía menos compacto ayudado por la lluvia torrencial caída por la noche, íbamos guiados dentro de las huellas de las ruedas de otros vehículos. De repente avistamos sorprendidos, en mitad del camino y a ambos lados, barriles de petróleo rellenos de tierra y detrás soldados tirados en el suelo apuntándonos con ametralladoras. Uno se levantó y nos dio el alto. El guía nos advirtió que tuviéramos calma y fuera las cámaras. Aun así, dos “intrépidos“ las usaron y fueron vistos. Subieron al vehículo de campaña, se  enfadaron con los insensatos “free lance”, les arrancaron sus cámaras y nos revisaron, uno por uno, todo lo que llevábamos. Después de una gran gestión de nuestro guía (casual y afortunadamente diola como ellos), al cabo de unas interminables horas nos permitieron dar la vuelta y regresar. Supimos que ya estábamos en Guinea Bissau pues habían movido esa noche la frontera.

El grupo armado pertenecía, ayudado por grupos de Guinea Bissau, al MFDC, Mouvement Des Forces Démocratiques de Casamance, guerrilla separatista, que pretendía y pretende la independencia de esta región, Casamance, desde hace 35 años. En la actualidad no hay ni guerra ni paz.  Lo forman miembros del grupo diola y su líder era el padre Augustin Diamacoune, que llegó a un acuerdo con el presidente de Senegal, pero algunas facciones no lo acataron y en la actualidad hay una división profunda del movimiento de independencia…

Se han dejado notar al involucrarse militarmente este año en la crisis constitucional de Gambia, en la Operación Restauración de la Democracia por los países de la CEDEAO, bajo el amparo de la ONU, para derrocar a Yahya Jammeh y cederlo a Adama Barrow que había ganado las elecciones meses antes.

Retenido por los independentistas

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