Tarde perfecta para escribir un artículo la que me acompaña, tormentosa y desapacible. Típicamente primaveral. La sangre se me altera, tirando del noticiero patrio, cuando me topo con algo digno de alabanza. Un científico español gana un premio y dona parte del mismo –veinte mil euros- a estudiantes brillantes. Y me parece reseñable a la par que hilarante en este nuestro querido país, en el que, por contra, abundan muchos a los que a modo de galardón, les suelen conceder dos medallas: una por tonto y otra por si la pierden.

El físico premiado, que ha decidido sacrificarse él mismo en pro de sus alumnos viendo que los Presupuestos Generales del Estado no lo hacen, ha denunciado “la devastación de la ciencia española” gracias a los funestos recortes, cuyos rescoldos aún perduran. Si la demencia es la madre de la ciencia, como proclaman los hinchas de Estudiantes, los recortes deben ser los verdugos de la misma, a quienes debemos poner caras para no olvidar. Y es que, como decía Groucho Marx, hay personas que, a pesar de ser puntuales, se les nota el retraso.

Este altruista profesor universitario, galardonado con el Premio Rey Jaime I en Nuevas Tecnologías, ha logrado dicho reconocimiento merced a su trabajo de laboratorio, referente mundial en tecnologías ópticas. En efecto, no podemos negarle buena visión a su sorprendente iniciativa –distribuir parte del monto económico del premio entre su alumnado-, en contraposición a la habitual ceguera que acompaña a los verdugos presupuestarios. Combatir la presbicia, o vista cansada, es el objetivo del estudio galardonado, aunque también un mal óptico que aflige a cada vez más españoles, hartos de ver, cansinamente, el habitual estiércol político, que ha llegado incluso al desgobierno.

El laureado profesor ha decidido publicitar su iniciativa al ver que nadie lo había hecho antes, lo cual es plausible si es que alguien toma ejemplo, a la vez que critica a la universidad española al entender que ésta fomenta la inacción. Si tenemos en cuenta que casi el sesenta por ciento del personal docente universitario tiene una actividad investigadora nula, convendrán conmigo en que estamos ante un raro espécimen, sin duda, habida cuenta del apoltronamiento y de cierto vagar de profesores herrumbrosos que emplean mucho de su valioso tiempo en maledicencias, del todo estériles desde el punto de vista científico, obviamente.

La consecuencia de tanto tijeretazo a diestro –y recalco lo de a diestro- y siniestro es demoledora: España únicamente cuenta con un solo Premio Nobel en Ciencias en toda su historia frente a los treinta y dos con los que cuenta ya Cambridge; ninguna universidad española se encuentra entre las primeras doscientas del mundo y hemos conseguidos cuatrocientas patentes en el año 2010 frente a las ochocientas con las que cuenta un único profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts, en cuyo centro es habitual escuchar aquello de “con buen pijo, bien se jode”. Pésimo palmarés el nuestro, de ahí la referencia anterior a la doble medalla que debiera colgar del cuello de los responsables político-financieros.

No podemos darle un microscopio y una probeta a Mariano Barbacid y pretender que obre milagros en beneficio de la humanidad. “Cada día sabemos más y entendemos menos”, decía Albert Einstein. Estos abochornantes ratios son la consecuencia clara y directa de que la ciencia no forme parte de la vida cotidiana, se convierta en algo discontinuo y se califique de superflua presupuestariamente, lo que conlleva la obligada fuga de cerebros. Me preocupa y mucho el talento que se queda por el camino y resulta palmario que estamos dejando de maravillarnos cuando esto es, precisamente, la semilla intrínseca de la ciencia.

 

Scientia interruptus

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