Ha sido este un año convulso y de cambios estructurales, es decir, de los que perduran en el tiempo. La pandemia lo ha inundado todo desde marzo y se lleva por delante algo más que a dos millones de personas. En el gran hormiguero social en el que vivimos, se inician unos años veinte de nuevo divergentes donde los ricos serán más ricos y los pobres más pobres, dónde China es ya la primera potencia comercial que mantiene sus cifras de crecimiento positivo a pesar de todo, dónde la inversión en ciencia hará que Alemania, USA e Inglaterra salgan reforzados de nuevo, dónde el cierre o confinamiento de las economías hará reforzarse al neoproteccionismo, a pesar de la salida de Trump. La respuesta ante esta batalla geopolítica americana, por un deseado Biden en Europa, es una incógnita al día de hoy.

Pero sobre todo, aunque sea previsible una recuperación económica a dos años vista, esta crisis será fundamentalmente social, ya que el cambio en las costumbres hacia una sociedad digital real provocará sin duda reducciones en movilidad, y un renacer del individuo como elemento social fundamental. Este hecho tendrá su claro reflejo en las nuevas relaciones laborales ante un teletrabajo efectivo, un aumento del comercio electrónico y una minoración del turismo internacional.

Mientras tanto, el proyecto europeo ha sufrido su mayor varapalo, con la ejecución del primer divorcio a cuenta del Brexit, quedando en el camino algún remiendo que poner sobre Gibraltar, y los viejos pulsos de poder entre Reino Unido y Francia-Alemania para lograr la separación, con la excusa de la pandemia, pero al tiempo tiene a su alcance el mayor reto conjunto, que es la solución al post-Covid para sus 27 economías, con un neo-plan Marshall de ayudas a los que más han sufrido socio-económicamente la cuestión.

En lo político, ya en nuestra casa, vemos como el proceso descentralizador ha entrado en el Parlamento, soportan a un ejecutivo y sus presupuestos, a cambio de nuevas prebendas en indultos y en el camino a la autodeterminación, diezmando todo símbolo unionista, por supuesto el principal es la corona. Es este un discurso repetido por toda Europa, hace unos días, por ejemplo en Alemania con la administración de vacunas, realizada un día antes en el Lander de Sajonia. Pero volviendo a nuestras fronteras, las elecciones catalanas de fines de invierno con los políticos del procés en la calle harán reaparecer la cuestión vasca y catalana, en un ambiente crispado en el que los polos opuestos de izquierda y derecha seguirán luchando por intereses individuales. 

En el balance de gestión sobre el año que dejamos, en lo negativo la tardanza en ver la que se nos vino encima, en lo positivo la gestión con Europa y la desescalada. El esperado 2021 será el año de la vacuna y el paso a una nueva sociedad más individualista, en la que ojalá el medioambiente y nuestros pueblos vaciados saquen provecho, será un año pues de reinicio, en el que sin duda las ganas de “volver” marcarán las diferencias entre países.

Feliz año a todos mis lectores, desde un rincón del hormiguero.

2020: año Covid, año de cambio social

La Opinión |