Aunque el título lo sugiera, no voy a utilizar el recurso de Epícteto y los griegos, ni siquiera a Erasmo de Rotterdam o Calderón, aunque sí creo que cada persona se cubre con su “prósopon” (valga la redundancia), su máscara, en su relación con los demás, para ver y para verse, interpretando su propia obra y, si son sensibles, interferir con las de los demás. Cada vez me siento más espectador y me sitúo, como público, ante tantas obras de teatro que se me ofrecen, en ocasiones atropelladamente, en cascada. Algunas veces provoco una situación, otras me quito mi máscara para ayudar a ello o me pongo otra prestada.  Otras obras que veo me producen nauseas, sobre todo las que son de varios autores tóxicos enfrentados, que provocan catarsis colectivas multitudinarias, a favor o en contra de lo escenificado. No se pueden resumir mejor estas situaciones como lo ha hecho El Roto, en su dibujo del 26 de octubre de 2017, en El País. En la viñeta se ven tres bolas de billar y un taco a punto de golpear a una de ellas. Se lee: “Las masas, pulidas como bolas de billar, chocaban entre sí impulsadas por demagogos…”.  Como éstas  me son dañinas y siento impotencia ante ellas, le doy a mi “mute” y cambio de escenario. Me gustan mucho más las obras intimistas.

Días pasados fui a un restaurante que frecuento. Por tanto me gusta el lugar por su ubicación, por su decoración, por el trato de sus camareros y hasta por su cocina. Se puede comer desde el menú del día, muy bien de precio, sabor y cantidad y a la carta de gran calidad, de lo mejor del condado. Tengo dos camareros muy atentos que me ofrecen buenos sitios. Iba solo. Me senté en medio de un amplio comedor, pues pude elegir sitio desde donde ver mi espectáculo. No llevaba móvil para no caer en la tentación de utilizarlo como entretenimiento y me sentí espectador desde el primer momento. Me acordé de la gran Compañía de Teatro La Cubana. Con fingida discreción, fui recorriendo mis escenarios. Cada escenario  a su vez era público del resto. Los camareros eran como los provocadores de la compañía, trayendo y llevando platos. Algunos comensales  transgredían los espacios. Eran personajes histriónicos. La  participación del público era total.

Un escenario era el de una pareja, de un hombre que rondaba los 50 años y de una mujer que aparentaba menos de la mitad. Ropaje así mismo descompensado, pues el mozo vestía de veinteañero y la moza con un par de tallas menos de la que necesitaba. Manejaban el tiempo de distinta manera, pues él pedía y pedía platos marisqueros y urgía su servicio, como si tuvieses prisa en acabar el festín, relamiéndose del próximo más que probable. Seguramente me condicionó a  que me acordase del dicho sudamericano de “hombre invita, coño paga”. La chica saboreaba lo que le servían. En su guion ponía que tenía que reír con cada frase del hombre, y así lo estaba interpretando. Alguna “morcilla” dijo. El hombre se gustaba en su papel y miraba a su alrededor para mostrar su presa. ¿O la presa era él?

Otra mesa la ocupaban una pareja de chicas, veteranas en su relación pues se entretenían en mirar sus móviles y, sin el menor disimulo, a la actriz de la obra anterior. Dejaron de observar sus celulares y nuestros seis  ojos se juntaron en una única sonrisa. Veníamos de observar una zona de la anatomía de nuestra común vecina, en la que se podía ejercer el derecho a voto o echar alguna moneda…

Ya no vi más sonrisas entre ellas, apenas algunas palabras. Nítidamente tan solo escuché una frase que leí en una novela de Almudena Grandes y que dijo una de ellas, “mira, déjalo, no tengo el cuerpo para adverbios”. Sus monólogos eran muy espaciados; también aquí utilizaban los silencios en su contra y representaban reproches con los que parecen que construían un muro. Aparentaban que lo pagarían todo a medias. Es decir, las dos invitaban y las dos pagaban tanto la cuenta del restaurante como la del muro.

La siguiente representación era en una mesa en la que se sentaron tres personajes. También aquí parece que había ladrillos por medio, éstos reales pues los actores gesticulaban, hablaban fuerte y no había lugar a dudas que pertenecían a ese mundo. Dos de ellos se levantaban frecuentemente y abrazaban paternalmente a los camareros para demostrar lo importantes y lo conocidos que eran. En la mesa se comportaban como auténticos patanes, desagradables, maleducados. El que parecía el jefe, agradecía que se le mirase, buscaba casi el aplauso. Era un cincuentón agotando la década, con pañuelo rojo anudado a la muñeca, pelo largo enmarañado con rastas naturales por lo  sucio y descuidado y una diadema. Comía a cuatro carrillos y bebía simultáneamente de tres copas; una de cerveza y dos de vino blanco y tinto. Un animal carroñero tendría mejores modales comiendo. Ofrecía y servía con la mano al que parecía era su encargado. Éste llevaba unos pantalones azul eléctrico con un recosido en la parte de las posaderas. Hacía décadas que no veía esas “culeras”. El tercer comensal parecía un comercial y era algo más discreto.

No pude alargar más mi espectáculo, pero guardé notas de las otras obras que vi.  Creo que la paella estaba muy buena.

El teatro en mi pequeño mundo

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