Los periodistas somos curiosos por naturaleza. Serán los genes profesionales. Por eso, no es raro, que nos guste escudriñar en archivos y hemerotecas en busca de lo que algunos llaman “el arca perdida”. Simplemente se trata de inquirir datos o hechos, muchos de los cuales sirven de modelo a casos y cosas que con el transcurrir del tiempo no han cambiado ni un ápice.

Han pasado algunos años, no muchos, desde que vimos las orejas al lobo por cuestiones éticas y de crisis económica, de lo que vamos saliendo a flote y empezando a respirar hondo, aunque todavía queden cabos sueltos, sociales y económicos por resolver. Nadie puede negar que hay luz al final del túnel.  Algo de verdad habrá en ello. Parece que el sector inmobiliario vuelve a coger oxígeno y en las familias hay más alegría a la hora de consumir. Y los macropuentes del calendario. Y la salida de las vacaciones. Después del dichoso “Brexit” inglés y de la incertidumbre sobre los resultados electorales se ha vuelto a remover el cotarro patrio.

Los españoles (unos más que otros) estamos cada día más perplejos de lo que pasa en ésta entrañable y vieja piel de toro, que aún se llama España. No es una definición trasnochada ni partidista. Cuando hablamos de España lo hacemos con orgullo y con mayúsculas, pese a quien pese.

Seguro que esto no gusta a esa gente que llevan como lema “o conmigo o contra mí”. Sólo tenemos que fijarnos en el “invento” de David Cameron, para darnos cuenta que ha querido hacer una faena chulesca y le ha cogido el toro por donde más le duele. El intento de detener su propio penalti ha sido un fracaso, un fallo monumental de consecuencias imprevisibles para los ingleses, que ya están arrepentidos. Y para los demás. No olvidemos que el primer mercado internacional de la banca española es, precisamente, el Reino Unido. También habrá que preguntar a los gibraltareños.

Espero que  esta jugarreta equivocada, nos sirva de lección a los españoles, incluyendo el resultado de nuestras repetidas Elecciones Generales recientes que tanta división interna está provocado en los partidos perdedores. Aquéllos del estúpido repetido “NO” y del alegre y cachondo reparto de carteras ministeriales. De ver “las orejas al lobo” también se aprende.

Me cuesta creer que algunos, disfracen sus sentimientos patrios. Tampoco concibo que haya gente que intente mercadear con  creencias religiosas de millones de españoles, que son sentimientos personales profundos por educación o convicción.

No me gusta ser español a tiempo parcial, que es a lo que vamos, si nadie lo remedia. Tampoco hay que renunciar a ninguno de nuestros principios ni derechos constitucionales. Eso sí, asumiendo siempre las obligaciones que nos correspondan.

A partir de ahí, queda el respeto mutuo a las ideas, al esfuerzo, al trabajo y al ahorro de cada cual, incluyendo el dinero público que es de todos, y no “de nadie”, que diría una ocurrente ex ministra de Cultura. Y así nos ha ido. Gastar alegremente, sin control y a capricho los fondos públicos, constituye, cuando menos, una hijoputada (con perdón).

Acabamos de pasar una segunda y cansina etapa electoral. También muy comprometida. Esperemos que para bien. España es una nación linda donde las haya. Tierra de mil contrastes, cargada de historia en todos los sentidos. Variada y variable en su forma de pensar, ser y sentir. Paisajes de ensueño y de España profunda. Multicultural y riqueza lingüística en algunas de sus parcelas, lo que no significa que algún mentecato intente maltratar, obstaculizar, y anular si es preciso, la lengua de todos que hablan millones de personas en todo el mundo.    España es tan diversa que estamos rodeados de fantasmas, de hecho y de derecho. Los que inventamos, y aquellos que siempre tratan de rescatar psicofonias de la otra dimensión para asustar al personal y romper la convivencia. Incluso buscan “ofertas” en los mercadillos del fantasmeo, ofrecíendose de intermediarios para sacar más rendimiento al “producto” paranormal.

Sea como fuere, en Europa, sin excluir España, el aullido del lobo no deja de producirse. Debemos saber distinguir qué sonido y actitud del bicho nos interesa. Por la cuenta que nos tiene. Después no vale ejercer de plañideras estafadas.

Es hora de que algunos de nuestros políticos se dejen de gaitas marineras, se quiten la careta, los que las llevan para falsos disimulos, y todos, se pongan las pilas y a trabajar por España. No sólo por ellos, para salvar su trasero tras la tragicomedia política vivida recientemente por sus delirios y ambiciones, sino para los millones de españoles que esperamos soluciones coherentes, sin chuladas ni alucinaciones.  Si no piensan así, mejor están en su casa arreglando grifos, si saben.

Las orejas del lobo son tan grandotas y malvadas como las del lobo del cuento. Por tanto, atención pues a su aullido en busca de víctimas.

 

La orejas del lobo

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