Primero de año en París. Nieva. De noche todavía joven. Estoy sentado, tomando una infusión de Escocia en una buvette, “canariera”.  Cristaleras empañadas a mí alrededor, delante del Louvre, enfrente el hotel del mismo nombre. El ambiente es muy cálido dentro. Veo fuera el espectáculo de los copos de nieve, como caen bailando con un acordeón de fondo. Toman los colores amarillo y rojo del hotel. Todavía hay adornos navideños, que París no necesita. Me imagino esta ciudad así, no con un sol radiante y calor, cosa difícil por otra parte. Con humedad. Sombras y penumbras en la noche de hechizo. Brumas del Sena por doquier y por todas partes, no se crea el lector. Me gustaría coger un taxi y que dentro me saludase Hemingway, como todos los días, llevándome a un bistrot donde estuviese esperando Dalí, el dicharachero, ante una botella de vino tinto. Después vendrían Buñuel, Matisse, Gauguin, Picasso, Toulouse-Latrec… ¿Cabría esperar mejor tertulia?  Como se ve, Woody Allen me presta su imaginación  en su Midnight in Paris.  Hemingway me explica su teoría del amor tan cercano a la muerte por su fuerte emoción. Me dice que por eso le gustan Los Sanfermines, los toros y las sensaciones sensuales de La Habana, eso sí, acompañados por infusiones como la que yo estoy bebiendo. Le ruego que lea mis artículos y me dice que no, pues, me dice, si no le gustan, me despreciará y si le gustan, todavía me apartará más de él por la envidia. Buñuel  sí haría mi peli; Dalí se encargaría de los decorados y Toulouse-Latrec, de los carteles…

Pero no, cojo el Metro y me voy hacia la zona de mi hotel, que es de esa época, en Pigalle, frente al Moulin Rouge. Ceno en una gargote, también muy cálida, con mucha madera, tonos rojos. Aquí también están los cristales empañados, que dan un aire irreal del exterior, difuminándolo. Ya se han formado roderas por la nieve caída. El exterior parece un cuadro de Monet. ¿Quién tuviese una mano como la de él para pintar lo que veo? No pudo haber nacido el impresionismo  nada más que aquí. Al salir del local, sigue la nieve, cae cadenciosa, bailona, con sus mejores frufús, haciendo competencia al can-can que se baila enfrente. Ya no existen en esta Place Blanche, los locales con sexo explícito y  de desnudos integrales, prohibidos, ni las invitaciones a entrar a los bistro, de amigas de paga, temporales. Sí me apetece entrar a uno de clientes de origen africano (vamos, negros, como a mí me han nacido blanco). Tomo otra infusión escocesa, bailo con una escultural Miss Mali, según dice, de Bamako (que no sabíais, como yo, que era su capital, ¿verdad?). Mi pareja lo hace con la suya, un no menos espectacular mozo de ébano, también de ojos verdes. De vuelta al hotel, ya empiezo a gozar de la visita que haré al día siguiente.  Desde el balcón de mi hotel, digo adiós a las aspas girando del Moulin Rouge, que  hacen remolinos, jugando, con los copos de nieve.  Ante este espectáculo y lo que evoca, da pereza acostarse en Paris.  El taxi de Hemingway pone la luz verde y se marcha.

El día siguiente amanece, afortunadamente, igual; oscuro, cayendo nieve suavemente. Cojo el metro y me dirijo al sitio de más vida y donde existe más imaginación, emocionante; el cementerio de Père-Lachaise en la Calle Repos, descanso, no podría tener mejor nombre.

En él  destaco el monumento a los voluntarios franceses de las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil Española; otro levantado a la Memoria de Todos Los Españoles Muertos por la Libertad. Aquí me acordé de lo mucho que los franceses deben a España al ser parte activa de la Resistencia y de su ejército. El felón presidente  Vichy (no sé cómo hay un agua con ese nombre y que haya gente que la compre, que la beba y que no le siente mal), el Fernando VII francés, dio a elegir a los soldados republicanos españoles, huidos por un golpe de Estado en España, entre entrar en la Legión francesa o ser devueltos a Franco, vamos: “chusto o muette”. Unanimidad en lo primero. Les cupo el honor de que, por insistencia del General De Gaulle, el 22-08-,44,  la Compañía La Nueve, o La Española, integrada por españoles: socialistas, anarquistas, catalanes del POUM (no me he equivocado), pocos comunistas y huidos diversos,   dentro de la División Leclerc, a  su vez en el III Ejército estadounidense al mando del General Patton, fue la primera unidad aliada en penetrar en Paris. Su primer blindado fue el Guadalajara, el primero que disparó, el Ebro y  el último, Don  Quichotte. El niño de la peli La Vida es Bella, debió verlo y ese blindado fue su premio. Tres días después,  el General Von Choltitz, que mandaba en Paris, fue capturado por los españoles y los alemanes capitularon en esta ciudad, después vinieron las fuerzas de Eisenhower, tarde, como el 7º de Caballería, cuando el trabajo duro ya estaba realizado. También lucharon en África bajo el mando del General americano Patton, que quedó asombrado por su valor. Su última gran intervención fue el 5-5-45 cuando tomó el Nido del Águila, refugio de Hitler. A los tres días, terminó la II Guerra Mundial. Los españoles fueron considerados  Liberadores de Paris.  En el desfile, por el Arco de Triunfo, una francesa abrazó a uno de ellos diciendo que era al primer soldado francés que besaba. Él le respondió que era un soldado rojo español.  Por respeto, junto a la bandera francesa, tanto en sus uniformes, como en sus vehículos blindados, les dejaron llevar la bandera tricolor de la República Española. No dejaron que pusiesen a ningún vehículo el nombre del anarquista Durruti. En 2004 Paris  reconoció a La Nueve por su liberación, con una placa en el Quai Henri IV y en 2012, el Presidente Hollande les rindió un gran homenaje con participación de una bandera republicana.

Otro monumento que siempre me han impresionado es el de los masacrados en los Campos de Exterminio nazis, muchos de ellos españoles y los de los Presidentes españoles Negrín y Largo Caballero.  Me detuve ante la tumba, para leer Les Vaines Tendresses, de  Sully Prudhomme, francés, primer Premio Nobel de Literatura en 1901; escuché The End de The Doors en la gran voz de  Jim Morrison; “algunas personas causan felicidad a donde van, otras cuando se van”, le oí decir a Oscar Wilde y que “el patriotismo es la virtud de los depravados”. La oscuridad invitaba a escuchar los Nocturnos, ante su creador, Chopin. La voz inconfundible de María Callas me llevó ante ella con su Casta Diva. Mi humilde homenaje, con una lectura de El Avaro, a Moliére. Con mi jeta de extranjero escuché Le Métèque de George Moustaki. Me despedí escuchando Non, Je Ne Regrette Rien (de lo que haya hecho; sí lamento,  únicamente, lo que he dejado de hacer), ante la humilde pero deslumbrante tumba Gassion Piaf, a Édith Piaf, con su epitafio “Dios  acoge a los que se aman”.

Al bajar  del cementerio brindé por todos ellos pidiendo en otra canariera, un pichet de Beaujolais nouveau  con mitulos españoles.

París y la nueve

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