La representación ha comenzado. El guión electoral empieza a consumir páginas. Y fotos espectaculares. Y lemas muy estudiados para convencer. Y horas de radio y televisión. Y los actores, con sus mejores galas y un público enfervorizado que aplaude sus genialidades. Especialmente, la frases punzantes hacia el rival. Dicen quienes viven la trama entre bastidores, que es lo que pide el respetable, no siempre convencido de lo que cuenta  el comediante del escenario, pero lo que toca es sumar su aplauso al de otros muchos enardecidos. Para eso se acude al evento, con emblemas y banderas.

Una campaña electoral al uso, es, sin duda, el espectáculo democrático más agradecido que se conoce. No sólo para los protagonistas que reciben auténticos baños de multitudes, para su propio halago personal y político, sino ese público enardecido que acude para recrear el oído, escuchando a su líder dar “caña” a los candidatos de otras formaciones rivales, de ideología dispar, diferente en la que ellos,  supuestamente creen.

Además de los aplausos, los “vivas”, los cánticos y todo lo demás, no siempre el “simpatizante” escucha lo que verdaderamente le interesa: el programa y la retahíla de promesas y cambios que, en su opinión, espera la sociedad, dependiendo de las necesidades del momento, que en España, como en cualquier país del mundo son muchas.

Los actores, que organizan esos mítines para los supuestamente convencidos, dedican mucho más tiempo a criticar al contrario que a desarrollar sus presuntos cambios y bonanzas. Algunos están convencidos de que sus seguidores ya tendrán tiempo de leerlo en el papel de las promesas. Según algún que otro jefe de campaña, lo que interesa es enardecer el espíritu ideológico de los presentes, y que se marchen convencidos a casa de que del “malo” es el otro, pero, sobretodo, que la frase genial sirva para abrir un informativo en radio o televisión y sea el gran titular de prensa. A veces, da la sensación que es lo que más interesa. Caña al rival, menos explicar con claridad los puntos fundamentales de su oferta electoral, sin tener en cuenta, que en la calle hay gente esperando algo nuevo, esperanzador, sin que le vendan motos de rebajas.

Unos, renuevan con nuevas caras, que, a veces, tienen poco que aportar. Otros, se decantan por aquello de que la veteranía es un grado y olvidan que regenerar con prudencia no es malo. Algún candidato ha dicho en prensa el domingo, que ha vuelto a la política “para liarla”. También los hay que incorporan a sus filas “estrellas” del papel couché. Dicen que para explicar bien el “papel del Senado”. Pues qué bien. Incluso están los que van y vienen con la misma facilidad que el Ave Albacete-Madrid, sin fijarse que hay estaciones intermedias y que el entrañable “tren del coche” ya quedó atrás hace mucho tiempo.

Total: un lío. Puro teatro, como la vieja canción, cuya representación final, seria,  esperemos sea un éxito, por la cuenta que nos tiene a todos. A los de un lado y a los del otro. Y después, sea cual fuere el resultado, a mirar por España, unidos. Ya ven cómo está el panorama por ahí.

¿Puro teatro?

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