Según el nuevo mapa del impacto humano sobre la naturaleza, publicado por la WCS –Sociedad para la Conservación de la Naturaleza-, la huella humana ha alterado ya las tres –con t de terrible- cuartas partes del planeta, si no incluimos en el cómputo terrestre los polos y los océanos. Todo se andará, pensará más de uno.

Las variables que tanto influyen en el maltrato a la diversidad son, precisamente, diversas y las encontramos en la densidad de la población, la deforestación, las infraestructuras y el urbanismo -ya saben, ladrillo y mortero-, la contaminación lumínica y el crecimiento económico poblacional.

El ataque terrestre deja huellas, las piedras no mienten y hemos causado estragos en los estratos geológicos. Desde la década de los 50, en que se generan las primeras pruebas nucleares -como el pepino Trinity-, las explosiones y su dispersión de elementos radioactivos, no hemos parado de socavar nuestro hábitat: emisiones de centrales térmicas, quema de combustibles fósiles, contaminación con plásticos y un largo etcétera altamente degradable. La acción mutante humana es sin duda alguna la culpable de la sedimentación, de la perturbación química de los ciclos del carbono, nitrógeno y fósforo, del cambio climático y del nivel de los mares y de numerosos cambios bióticos. Cambios algunos de carácter irreversible. Todo un logro, si señor, en apenas sesenta y cinco años. Somos un hatajo de mangurrianes.

Con tales premisas, la conclusión es fácil de colegir: desde 1.993 a 2.009 el territorio virgen ha menguado en 23 millones de km². Quizá de ahí el ahínco del hombre en buscar segunda residencia en Marte, planeta en el que sin duda alguna nos cargaremos algo nada más llegar.

Resulta curioso que ningún animal maltrate su cesto o plato de comida, es decir, donde come o duerme, donde habita y pace, mientras que el hombre persevera en ello. Ya de pequeños resultamos destrozones e incluso nuestros primos no quieren que vayamos de visita a sus casas por dicho motivo.

Hemos pasado del legendario Holoceno, capitaneado por el homo sapiens, al actual Antropoceno, término oficioso acuñado por los geólogos y a cuyo mando desgraciadamente situaríamos al homo destrozus, y que caracteriza a una etapa en que la actividad del hombre ha alterado notablemente la faz, la fauna y la atmósfera de la Tierra. Nótese la clara involución o regresión evolutiva.

Para aquellos que quisieron darnos a entender que lo de Chernóbil, básicamente, no fueron más que cuatro petardos mal tirados en el reactor de la malograda central atómica, la realidad es que fueron lanzados a la atmósfera 50×106 Ci de radionúclidos, un polvo de harina lleno de cesio-137 y estroncio-90, términos que no sé muy bien qué significan pero que me causan pavor, como la unidad de medida “roentgen”. La broma nuclear ha logrado, entre otras cosas, que las enfermedades oncológicas en la devastada zona se hayan multiplicado por setenta y cuatro y que hipotequemos la tierra por doscientos mil años, lo que representa un gravamen eterno. Prípiat seguirá enterrada bajo tierra para siempre, una zona en la que el hombre ya no es tierra, sino aire.

El ecosistema se resquebraja y los zoólogos andan cabizbajos al constatar que el hombre no sólo es “un lobo para el hombre”, sino que también es un canalla para la Tierra, que, paciencia infinita, y harta ya de que la muelan a palos, ejerce su propia venganza o autodestrucción, enviando señales de queja en forma de destrozos, como en Amatrice.

“Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha”, decía Víctor Hugo. ¿Acaso somos idiotas, además de sordos?. Si no aprendemos a vivir con la naturaleza, ésta aprenderá a vivir sin nosotros, a pesar de que la huella que está dejando el hombre sea tan profunda y larga como la del pie de Gasol.

 

Huella humana

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