Que Dios reparta suerte

No suelo ser especialmente taurino. Para que quede claro, tampoco rechazo algo tan nuestro como la fiesta nacional, que tampoco se salva de las andanadas de los “políticos de vaivén”.

Disculpen, pero quiero hacer mía esa frase, porque pasada la Nochevieja en España vamos a tener que lidiar morlacos de todas las ganaderías. Todos, unos y otros, querrán cortar orejas y rabo. Y si es posible, enviar al corral el toro del otro “maestro de cartel”. Alguno verá los toros desde la barrera, o se tirará al ruedo de espontáneo. Incluso buscará salir a hombros por la puerta grande, templando, mandando, haciendo malabares para conseguir la vuelta al ruedo con el menor mérito posible.

A partir de ahora es cuando empieza de verdad la corrida. La banda se ha arrancado con los compases de una música que no gusta a todos, porque, quien más quien menos querrá hacerse dueño y señor de la orquestina  para, de ese modo, intentar incluir en el papel pautado, las notas que a él mejor le pueden sonar, intentando que el público del tendido baile al compás que marque el maestro, aunque desafine.

Hay un problema, que ninguna partitura es igual, aunque se pretenda hacer sonar la misma. Hay notas que desentonan porque el director de orquesta intenta hacer sus arreglos personales, no siempre acertados. Aquello del tradicional “Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si…y así sucesivamente. Lo difícil es escribir bien sobre el pentagrama político y social, sin que los “bemoles” se impongan y superen el tono moderado de otras notas “sostenidas” y de sentido común para conseguir escribir una buena partitura,  no sólo que agrade a todos, sino que sea coherente y racional para todos, aún teniendo en cuenta su diversidad y matices, que los ha de tener.

Comprendo que la partitura que nuestros políticos tienen delante del piano no es fácil de interpretar, ni de que su contenido lo entienda todo el mundo. Tampoco han de convertir el concierto en una zarabanda caprichosa, dependiendo del instrumento que quieran resaltar. Siempre se ha dicho que la cabeza no está sólo para llevar el sombrero. A éstas alturas del siglo XXI, España no debe ser moneda de cambio para que cualquiera coja una batuta prestada e intente dirigir a su bola y hacer sonar el trombón o el violín, a capricho, según el gusto del público fiel que le aplaude y regala el oído.

No es fácil dar una larga cambiada a quien ni siquiera sabe lo que es un capote. Tampoco lo es para el más experimentado. En el ruedo de la política de ésta España nuestra, que algún espontáneo irresponsable quiere dividir, hay que saber por dónde viene el enemigo. No siempre sale de los chiqueros. Basta con una mala faena para que pierdan los trofeos y se ganen una buena pitada pidiéndole que se vaya al corral.

Que Dios reparta fortuna a los componentes del cartel más complejo que haya salido de unas elecciones. La suerte está echada, pero los espectadores, llámense ciudadanos, entendemos que somos los primeros por los que deben mirar los espadas, confiando que ellos dejen de pavonearse ante el espejo, con sus trajes de luces, deseando sólo ocupar el mejor asiento de la plaza. Lo primero es lo primero.

Después de los resultados del 20D, y de las intenciones y ambiciones de algunos, España tiende a ser ingobernable. Ese es un panorama probable, indeseable, pero que nos asusta. En el pacto, componenda o arreglo (que viene a ser lo mismo) si se hace, que es lo que se pretende, por encima de todo debe primar el sentido común y la responsabilidad, nunca el color y la ideología (algunas super caducadas) ni el revanchismo, ni la complacencia a los propios. España ni puede, ni debe permitirse el lujo de volver a caer en estrategias trasnochadas. De ser así, podríamos empezar a retroceder y volver a situaciones absurdas en un país avanzado, con tanta influencia en el exterior. Más de lo que pensamos.

Si alguien tiene que cortar orejas y rabo, que haga una buena faena, y no una “faena” de las que estamos pensando, que no son lo mismo. No todos los pactos valen con tal de dormir en Madrid, en La Moncloa o en el Palacio de la Generalidad catalana. Y si no sale a gusto de algunos, a votar una y mil veces, si es necesario, como la Cup. Lo peor es que las componendas interesadas nos salpican a los demás. Por eso, insisto: “Que Dios reparta suerte”. La vamos a necesitar.

 

Categoria La Opinión

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