Por si alguien tenía alguna duda del nivel de consenso del eterno gobierno regente y su torticero recurso al decretazo, la llamada Ley Wert, que entre otras cosas introduce de nuevo las temidas reválidas o evaluaciones externas, ha sido desaprobada, pásmense, por casi el 90 % del profesorado encuestado a posteriori, habiendo sido promulgada sin contar siquiera con la opinión cualificada y previa de los profesores.

Antecedentes de la alevosa criba legal para dejar vacías las aulas universitarias los encontramos en las propuestas llevadas a cabo entonces por Giner de los Ríos, Germán Gamazo y Pedro Sáinz Rodríguez, entre otros eminentes clasistas, y a cuyo lado debemos situar en tan particular Hall Of Fame educativo al avinagrado ex ministro Wert, padre legislativo de la criatura actual, quien ni siquiera tuvo el valor de designar a estos exámenes como reválidas, a pesar de su periodicidad semejante a las fósiles pruebas de las décadas de los 50 y 60.

En aquella época muchos de nuestros padres tuvieron que pasar la antigua reválida. Se hablaba entonces de bachillerato elemental y superior, y ambos finalizaban en el temido examen. Coexistía también el bachillerato laboral, y eran tiempos de la Enciclopedia Álvarez y sus dibujitos vintage.

En la posguerra, se aplicaba ya un primer examen de ingreso a los 10 años, que se limitaba a un dictado y una división, vamos. En casos extremadamente difíciles, a los alumnos se les llegaba a preguntar de qué color era el caballo blanco de Santiago o dónde nace el Ebro. Intuyo que tal medida pretendía dejar ya en la cuneta a los rematadamente borricos. Una vez finalizada la etapa secundaria, debía realizarse el llamado Examen de Estado, grandilocuente denominación instaurada por el bando sublevado en la Guerra Civil.

Ya en 1970 se instauró la EGB, con el BUP y la FP, despojando de la anterior enseñanza primaria el estigma de ser los estudios de quien nunca iba a llegar a la universidad. En la actualidad, mientras los retrógrados hablan de avance en materia educativa resulta palmario que estamos ante un retorno a las reválidas franquistas de 1953, y es que el Gobierno, en funciones de desguace, demuestra demasiado a menudo estar anclado claramente en el pasado. Dejen de mirar hacia atrás, por Dios. Caca.

Una cualidad del pasado es, precisamente, que ya se ha ido, por lo que en todo caso debería usarse el mismo como trampolín, y no como mero sofá. Confucio sentenció que “donde hay educación no hay distinción de clases”, y la reválida actual parece encaminada a limitar de nuevo el paso a la Universidad, puesto que aquellos alumnos que no sean capaces de aprobar la evaluación externa no podrán acceder a ella, y tendrán que conformarse con ser unos camareros muy cultos. Si ya es difícil obtener un empleo con titulación, imagínense sin ella, sin más bagaje documental que una etiqueta de anís del mono.

Las famosas reválidas de los años 50 y 60 conllevaban la necesidad de realizar hasta cuatro pruebas –de madurez, incluida- antes de los 17 años a todo aquel alumno que osara matricularse en la universidad. Así pasó, que en aquella época escasamente populista y netamente elitista en materia educativa tan sólo obtuvieron su licenciatura eminencias médicas como el Marqués de Villaverde, también conocido como “El Yernísimo”, quien pretendió llevar a cabo el primer trasplante de corazón en España a un paciente y lo que consiguió fue que el mismo le dejase de latir.

Al igual que el Examen de Estado fue una clara reacción facha a las medidas progresistas implantadas durante la Segunda República, la actual LOMCE parece pretender precisamente lo mismo, con el agravante de que han pasado 63 años desde entonces y parecemos seguir igual.

Resulta complicado juzgar la madurez de un alumno a través de una única prueba, obviando al fin y al cabo lo realizado durante todo el ciclo. Quizá los mentores de la medida se hayan visto influenciados por el, intuyo, escaso interés actual por el mundo universitario de una generación que, mientras debería ir encargándose de pagar nuestra bien ganada jubilación, anda por ahí cazando pokémons.

Yo fui uno de tantos educandos que, durante cuarenta años, tuvo el horizonte de la Selectividad –técnicamente, Prueba de Acceso a Estudios Universitarios-, simbolizado como el monstruo final de la adolescencia y, en mi caso, fue una gilipollez. Hasta llegué tarde a un examen. Se trataba de una única prueba, no de una al final de cada ciclo y mucho menos de cuatro pruebas como antaño.

Revalidar significa ratificar o confirmar algo que ya se sabe, darle firmeza, por lo que la añeja reválida bien debería eliminarse, por superflua, bien limitarse a una especie de visto bueno, sin excesiva complejidad, como en su momento fue la Selectividad, lo que me induce a pensar que la actual LOMCE, o Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa, en lugar de mejoras lo que ha hecho claramente es introducir peoras.

 

Reválidas

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