Según un reciente macroestudio publicado en “The Lancet” -y digo macroestudio porque esto no fue un muestreo elaborado a partir de cuatro infelices, sino que se han obtenido datos de 1,7 millones de personas adultas- la pobreza y sus menesterosos umbrales son más perjudiciales para la salud que factores como la obesidad, el alcohol o la hipertensión. A pesar de que el dato deja a uno de plástico y se trata claramente de un factor determinante en la salud, no se combate como tal y no figura siquiera entre las causas que contempla la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Pobres también hay millones y de muchos tipos, aunque el estudio no se refiere lógicamente al pobre desgraciado, al pobre diablo, al pobre de mí sanferminero o incluso al “probe Miguel” de Triana Pura, todo un temazo. El objeto del estudio es otro pobre bien distinto: el pobre de solemnidad, que es aquel que incluso necesita ahorrar para ser pobre.

El bajo nivel socioeconómico es uno de los indicadores más fuertes de la morbilidad y mortalidad prematura en todo el mundo”, asevera categóricamente el informe, y no anda lejos de la realidad puesto que el arriba firmante ha visitado zonas del mundo en las que lo terrible no es que las moscas se coman a los niños, sino que son éstos quienes se comen a las moscas. Todavía sigo sin acostumbrarme a ver en la pantalla pobres y famélicos niños con panzas de sapo que sólo saben hablar con la mirada. Pobreza extrema que no mata, sepulta. Terrible.

La pobreza, como vemos, acorta la vida inopinadamente y afecta seriamente a la salud, más que otras causas estereotipadas. Se nos insiste torticeramente sobre factores individuales –haz deporte, no fumes, no bebas un puto café- pero ¿qué pasa con los factores estructurales? ¿por qué no se estilan tanto las campañas para prevenir o erradicar la pobreza? Quizá sean más pobres de recursos y medios. A muchos se les debería de caer la cara de vergüenza cuando permiten que, gracias a su inacción, un pobre muera dos años antes de lo que debería por el mero hecho de serlo. Por su condición. Y ello sin contar a los que mueren prematuramente. Mientras, ese alguien que suele mirar hacia otro lado vivirá dos años más de los que debiera por el mero hecho de ser un irresponsable.

Ante tal tesitura, resulta normal que hoy día estar deprimido sea de inteligentes. Se echan en falta poderosas soluciones de base, desde los cimientos, de amplio espectro y profundo calado, y no meras declaraciones de intenciones. Ya está bien de ver mendigos por las heladas calles, mendigos de los de verdad, de los que no piden, sino que imploran, y cuyo número no sólo disminuye, más bien todo lo contrario. Los vemos a cada paso que uno da pero no los escuchamos. Son como la lluvia, la vemos caer pero nos limitamos a desear que pare.

El principal problema de ser pobre es que te ocupa todo el tiempo. La desigualdad mata y lo hace a pasos agigantados. Algunos países denominados ricos tienen incluso “diferencias insoportables” de esperanza de vida dentro de una misma ciudad, puesto que no es lo mismo nacer en una zona de Barcelona, Glasgow o Baltimore que en otra. Y es que el desarrollo también desarrolla la desigualdad.

Para Abraham Lincoln “todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son”. Mientras que la esperanza de vida de los ricos crece exponencialmente, la de los pobres decrece de igual manera. No tengo nada en contra de los ricos, simplemente me parecen superficiales y me aburren soberanamente. Juegan las cartas que les han tocado en suerte mientras que los pobres juegan con las cartas marcadas, lo que las hace visibles a los ojos de los demás. No obstante, y a diferencia de mucho rico, a pesar de que los menesterosos andan por la vida con un cilicio en sus piernas, casi siempre tienen algo interesante que contarte.

Tampoco creo que el origen del problema de algo radique en su némesis, es decir, el problema de que existan pobres no lo genera el que también coexistan ricos. ¿Existe realmente la voluntad, las herramientas políticas, económicas, urbanísticas y medioambientales para intentar crear entornos más saludables, justos, libres, unidos y en consecuencia más felices? Lo dudo. La solución nunca debe ser un acto de caridad, sino de justicia, a secas.

Sí tengo, y mucho, en contra de los ricos “por mis cojones”, léase bancos, eléctricas y financieras, que tanto daño hacen y siguen haciendo en el ámbito social y de la desigualdad social. Hoy día, como saben, tenemos hasta pobreza energética, mientras a la vez se dispara el precio del kilovatio/hora de luz justo cuando ésta más falta hace, lo que genera luminiscentes beneficios de las eléctricas. Y solamente CaixaBank, con la que está cayendo, acaba de anunciar un beneficio del 28 %. Con un par.

Siempre se ha dicho que si la mierda se comiese, los pobres nacerían sin culo y los ricos con diarrea. Al menos, así veía el tema de escatológico Gabriel García Márquez. Esta lacra socioeconómica que es la pobreza, mosquito que inocula enfermedades crónicas y reduce la esperanza de vida, precisa y con urgencia del correspondiente bálsamo cicatrizador de la justicia universal. O llegará un momento en que todos seremos pobres, bien de solemnidad, bien de espíritu por no hacer nada al respecto.

Pobreza mata

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